Cada vez que una alerta meteorológica obliga a suspender las comunicaciones aéreas y marítimas con la península, Ceuta vuelve a vivir la misma escena: aislamiento, incertidumbre y prisas institucionales. Y es entonces cuando el viejo refrán vuelve a cobrar sentido con una claridad incómoda: acordarse de Santa Bárbara cuando truena.
No es la primera vez —ni será la última— que la ciudad queda prácticamente incomunicada. Cuando no vuela Helity y ninguna compañía marítima puede operar, Ceuta se convierte en una isla real, dependiente de un sistema de conectividad frágil y sin planes alternativos eficaces. El problema no es el temporal; el problema es la falta de previsión.
Lo más llamativo es que, a escasos kilómetros, existen alternativas reales. Al otro lado de la frontera, a unos 30 kilómetros, se encuentra el aeropuerto de Tetuán, y a unos 70 kilómetros, el de Tánger. Ambos cuentan con conexiones regulares con varias ciudades españolas y europeas. Infraestructuras operativas, cercanas y perfectamente válidas que, sin embargo, no forman parte de ningún plan de contingencia para Ceuta.
Esta vía de escape no puede seguir siendo un tabú. Debe abordarse sin miedos, sin complejos y con claridad política. Negociar y pactar con Marruecos una utilización ordenada y regulada de estos aeropuertos en situaciones de emergencia no es una concesión, es una necesidad. Y esa solución debería quedar recogida de manera expresa dentro del Acuerdo de Buena Vecindad entre ambos países.
No se trata de improvisar cuando ya se ha producido el corte, sino de anticiparse. De dotar a Ceuta de una alternativa real que evite su aislamiento total cada vez que el Estrecho se cierra por razones meteorológicas. De pensar en los ciudadanos, en los trabajadores, en los estudiantes y en quienes dependen de una conexión estable para vivir y desarrollar su actividad.
Pero, una vez más, solo se reacciona cuando truena. Pasará el temporal, volverán los barcos y los vuelos, y el debate quedará enterrado hasta el próximo episodio de incomunicación. Y Ceuta seguirá pagando el precio de la falta de planificación.
Hasta que algún día, quizá, dejemos de acordarnos de Santa Bárbara solo cuando ya es demasiado tarde.



