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“¡Con Rufián llegó el escándalo!”

Ramón Rodríguez Casaubón

Allá por los años sesenta Vincente Minnelli dirigió Con él llegó el escándalo, una película que obtuvo la calificación “Para mayores de 18 años”. Su argumento: el capitán Wade Hunnicutt, propietario de un extenso terreno al sur de los Estados Unidos, es sumamente rico y poderoso. Le profesan respeto y hasta temor. Excepto una persona, su mujer, Hannah. Fría y cínica, muy parecida a él mismo, se encarga del cuidado del hijo que tienen en común, Theron, cumpliendo así la promesa hecha el día que éste nació. Su matrimonio es una prisión sin puertas en la que están atrapados y donde, obviamente, no existe posibilidad de salir. Wade luchará por apartar a madre e hijo con la única intención de herir a su esposa: “¡Le enseñará a comportarse como un hombre!”. Para ello contará con la ayuda de su amigo Rafe Copley.

¿Solo a mí esta trama me recuerda a Gabriel Rufián y su actual puesta en escena absolutamente mediática y nada viable?

Con él llegó el escándalo al Congreso de los Diputados, corría el año 2016. Un joven colomense se disponía a sacar de quicio a la mitad del hemiciclo y luchar por la independencia de Catalunya. Impresora en mano, previamente llamó “traidores” a los socialistas que posibilitaron la investidura de M. Rajoy, tachó de “palmeros” a diputados varios y fue expulsado durante una sesión en el Congreso por calificar al entonces ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, de “fascista”.

Y ahora, como un Wade cualquiera ayudado por su amigo Copley —es decir, Emilio Delgado— intenta separar a la madre izquierda de su esencia progresista independiente. Lo que proponen el de Más Madrid y el de ERC es tan viable como intentar que Donald Trump se ordene monja. De hecho, esto último tiene más opciones de convertirse en realidad que la propuesta de los dos iluminados de izquierdas.

Para centrarnos, hemos de decir que la proyección política de Delgado en Más Madrid es la misma que la que el príncipe Andrés posee para llegar a ser rey en Inglaterra. Mientras que de Gabriel solo podemos indicar que ni su partido le apoya y, por si fuera poco, además, le contradice.

A los podemitas, y a cualquier persona que siga la actualidad, lo que está ocurriendo no es que le huela a chamusquina, sino a Pedro Sánchez. No es que llueva sobre mojado, sino que Sánchez nos intenta de nuevo mear la cara —disculpen la vulgaridad escatológica de la metáfora—. Y no es que fuéramos pocos y pariera la abuela, sino que Sánchez ha parido su enésimo plan para acabar con una parte de la izquierda que realmente “no le deja dormir tranquilo”.

Según la estrategia de Rufián, Podemos, siendo “imprescindible”, habiendo sido “imprescindible” y proyectándose como “imprescindible” en la izquierda española, sería prescindible como marca en cada comunidad en la que hubiese en juego votos progresistas para detener a la ultraderecha. Esto es un mal remake de Sumar.

Y le diré una cosa, señor Rufián. Ha hablado usted mucho y bien de los dirigentes de Podemos, a la par que ha reseñado que Irene Montero “te emociona incluso leyendo una receta de Ibuprofeno”. ¡Pues váyase tomando una caja entera! Poco a poco, no le deseo que le sienten mal. Me gustaría haberle escuchado explicar qué ocurriría si es Yolanda Díaz la que lee el prospecto del Ibuprofeno.

Le tenía en alta estima, y ahora no tengo muy claro el motivo. Lo que sí me resulta evidente es que no se diferencia en nada de la ministra gallega y que defiende con igual tesón, ímpetu y pasión a los ministros socialistas que la referida política.

En 1855 el pueblo catalán, y con él parte del resto de España, se levantó contra la opresión burguesa en la primera huelga general de nuestro país. Me temo que hoy día, ante una situación similar, usted estaría alabando a la ministra de Trabajo que hubiese puesto Sánchez en lugar de unirse a la lucha del proletariado.

Como dijera Soul Etspes: “Cuando la izquierda se siente cómoda vestida de traje su mensaje es claro y ¡está a una corbata de ser burguesa!”.

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