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miércoles, febrero 25, 2026
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Declarar la guerra a Marruecos es dispararse al pie

Alberto García López

Resulta cuando menos preocupante que la Confederación de Empresarios de Ceuta y la Cámara de Comercio de Ceuta hayan optado por un discurso de confrontación frontal contra los productos procedentes de Marruecos, presentándolos como una amenaza existencial para la economía local, sin realizar un análisis completo —y honesto— de la realidad económica de la ciudad.

Hablar de “guerra” comercial, de “porteo encubierto” o de “tiro en el pie” puede resultar efectista, pero ignora deliberadamente una evidencia incontestable: una parte muy relevante de la actividad económica de Ceuta depende directa o indirectamente del consumidor marroquí. Turistas que cruzan la frontera para comer en restaurantes locales, alojarse en hoteles, comprar ropa, adquirir productos de alimentación, perfumería o realizar gestiones comerciales que sostienen a cientos de pequeños negocios.

La pregunta es tan simple como incómoda:
si se endurecen las restricciones, si se envía un mensaje hostil y de cierre al otro lado de la frontera, de qué van a vivir muchos empresarios ceutíes.

No todos los negocios de la ciudad tienen acceso a ayudas públicas, subvenciones institucionales o contratos garantizados con la Administración. Hay comerciantes, hosteleros, autónomos y pequeños empresarios que viven exclusivamente del consumo diario, y ese consumo tiene hoy un componente transfronterizo indiscutible. Demonizarlo es desconocer la realidad o, peor aún, despreciarla.

El argumento de la “reciprocidad” suena bien en titulares, pero se vuelve peligroso cuando se aplica sin matices. Ceuta no es una gran capital industrial ni un mercado autosuficiente: es una ciudad fronteriza cuya economía ha sobrevivido históricamente gracias al intercambio, formal o informal, con su entorno inmediato. Pretender romper ese equilibrio sin ofrecer alternativas reales no es proteger al comercio local, es ponerlo en riesgo.

Por supuesto que deben existir controles sanitarios, garantías de trazabilidad y cumplimiento de la normativa. Nadie discute eso. Pero confundir control con cierre, o competencia con enemistad, es una simplificación que puede acabar teniendo consecuencias graves para la ciudad.

Especialmente llamativo resulta que se focalice el debate en productos simbólicos como la shebaquía o los dulces del Ramadán, cuando el verdadero problema del comercio ceutí no es el precio de un kilo de repostería, sino la falta de un modelo económico sólido, diversificado y adaptado a su condición fronteriza.

Antes de declarar guerras comerciales, quizá convendría que las organizaciones empresariales se hicieran otra pregunta fundamental:
¿qué modelo económico proponen para los cientos de negocios que dependen del flujo de personas y consumo desde Marruecos?

Porque cerrar puertas siempre es fácil. Lo difícil —y lo verdaderamente responsable— es construir convivencia económica, reglas claras y oportunidades reales para todos, no solo para quienes tienen el respaldo institucional asegurado.

Ceuta no puede permitirse el lujo de vivir de espaldas a su frontera. Y mucho menos de convertirla en un enemigo.

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