Dentro del complejo entramado de la operación Kitchen, existe un episodio destacado por su extrañeza que no formará parte del juicio: el asalto del «falso cura» en el domicilio de los Bárcenas. En tanto la Audiencia Nacional se dispone a juzgar el espionaje dirigido al extesorero del PP, esta parte —más propia de una trama cinematográfica que de un proceso penal— queda fuera del alcance procesal.
Un asalto digno de cine serie B
El 23 de octubre de 2013, Enrique Olivares, usando un disfraz con alzacuellos y portando un maletín, logró acceder a la residencia de Luis Bárcenas alegando tratar asuntos relacionados con la libertad del extesorero. Una vez dentro, la situación se agravó rápidamente: Olivares sacó un revólver antiguo, procedió a sujetar a los miembros de la familia y solicitó «la documentación que podría derribar al Gobierno».
«O me entregan los pendrives o acabaré con todos», amenazó Olivares antes de ser neutralizado por Willy, hijo de Bárcenas, y la empleada doméstica.
¿Acción fortuita o mandato?
Pese a que Olivares fue condenado a 22 años de prisión y murió en la cárcel, el incidente siempre ha estado rodeado por la sombra de la operación Kitchen. Según la familia, el agresor no actuó por cuenta propia, sino que formó parte de un «operativo parapolicial» ideado para recuperar pruebas comprometedoras para altos cargos del Partido Popular.
No obstante, la justicia ha optado por distinguir entre los hechos:
- Lo juzgado: El manejo de fondos reservados y el operativo policial destinado a espiar a Bárcenas.
- Lo excluido: El asalto armado. De acuerdo con los magistrados, no existen pruebas contundentes que vinculen directamente este episodio con la estructura oficial de la Kitchen.
Una ausencia en el juicio
La exclusión de este capítulo genera opiniones contrapuestas. Para la acusación, simboliza el punto más violento dentro de una trama de espionaje inédita; para el tribunal, se trata de un hecho juzgado de forma independiente que no cuenta con evidencia que lo conecte con la cúpula del Ministerio del Interior en aquel tiempo.
De este modo, el juicio de Kitchen comienza con la certeza de lo establecido, pero también con el silencio respecto a uno de los momentos más singulares en la historia reciente de la corrupción en España.


