Juan. A Gutiérrez Torres
Hay algo profundamente corrosivo en la figura de ciertos sindicalistas que han olvidado por completo cuál era, en origen, el propósito de su labor. Lejos de defender los derechos de los trabajadores/as, algunos han convertido el sindicalismo en una carrera profesional al servicio de sí mismos. Lo más sorprendente y a la vez gracioso, es que los responsables del sector se creen que han fichado a una estrella, y es todo lo contrario, han fichado a un estrellado.
No hablamos de quienes dedican su vida a mejorar condiciones laborales, sino de aquellos que van dando saltos de sindicato en sindicato como quien cambia de chaqueta, siempre buscando el lugar donde más poder, visibilidad o beneficios personales puedan obtener. Su compromiso no es con los trabajadores/as, sino con su propia supervivencia dentro de un sistema que han aprendido a manipular y además de hacer publicaciones falsas sobre el funcionamiento de la empresa.
El patrón se repite, trabajan apenas unos meses al año, otros de baja, lo justo para mantener una apariencia de vínculo con la realidad laboral y el resto del tiempo lo dedican a tejer redes, consolidar posiciones y en muchos casos, colocar a familiares o allegados dentro de distintas estructuras sindicales. No es casualidad, es estrategia. Cuantos más “propios” dentro del sistema, mayor capacidad de influencia y control.
Este tipo de prácticas no solo son éticamente cuestionables, erosionan la credibilidad de todo el movimiento sindical. Porque mientras unos pocos juegan a la política interna, miles de trabajadores/as pierden confianza en unas organizaciones que deberían ser su voz y su defensa. El daño no es menor, cuando el trabajador deja de creer en sus representantes, queda mucho más expuesto frente a abusos y desigualdades.
El problema es que este comportamiento rara vez tiene consecuencias. Se mueve en zonas grises, en estructuras cerradas, donde el control interno prima sobre la transparencia y así, el sindicalismo corre el riesgo de convertirse en un club de intereses cruzados en lugar de una herramienta de justicia social.
Hace falta una limpieza profunda, no solo de nombres, sino de prácticas. El sindicalismo debe volver a sus raíces, representar, defender y luchar por los trabajadores/as, no servir de plataforma para carreras personales ni redes familiares.
Porque cuando el interés propio sustituye al colectivo, el sindicalismo deja de ser necesario… y empieza a ser parte del problema.
Espero que todos los compañeros/as en 2027 le den su merecido en las urnas a esta clase de personajes.
Habrá que poner la maquinaria en marcha para que así sea.
Fdo. Juan. A Gutiérrez Torres ( ex sindicalista por poco tiempo) 😉



