La calidad y cantidad del sueño en la sociedad actual se han reducido considerablemente, y este no es solo un problema común, sino un asunto de salud pública con efectos a largo plazo. Así lo señala Luis de Lecea, catedrático de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento en la Universidad de Stanford y un destacado especialista mundial en neurobiología del sueño, quien advierte que nuestros comportamientos están afectando fases esenciales —y especialmente placenteras— del descanso nocturno.
Este investigador barcelonés, con más de veinte años dedicados a la ciencia, visitó recientemente Barcelona para participar en un evento organizado por la Cátedra UB–AdSalutem sobre el sueño y sus trastornos. Durante su intervención, destacó que aunque dedicamos aproximadamente un tercio de nuestras vidas a dormir, todavía se desconocen muchos mecanismos y funciones específicos del sueño pese a los avances recientes.
De Lecea explica que dormir resulta fundamental para reparar las neuronas, mejorar su metabolismo y equilibrar los circuitos cerebrales. Además, es vital para regular el sistema cardiovascular, disminuir la inflamación, regenerar tejidos y mantener el sistema inmunitario en óptimas condiciones. “La falta de sueño aumenta la susceptibilidad a enfermedades”, enfatiza. Asimismo, el sueño desempeña un papel importante en la salud mental, la memoria y en la prevención de padecimientos neurodegenerativos como el alzhéimer.
El experto alerta que se ha normalizado el déficit de sueño en la sociedad. “En general, dormimos menos horas y con menor calidad”, indica, una situación que aunque resulta compleja de medir a corto plazo, podría derivar en mayores tasas de enfermedades cardiovasculares y un sistema inmune más debilitado.
El neurocientífico expone que la decisión de permanecer dormido o despierto está determinada por una compleja combinación de señales en áreas primitivas del cerebro, que integran factores como la luz, el ritmo circadiano, el estrés, el estado metabólico y la presencia de infecciones. Entre estos, el estrés —tanto externo como interno— es uno de los factores más influyentes, pues activa mecanismos de supervivencia que interfieren con el sueño.
La exposición constante a pantallas y a la luz artificial agrava esta problemática. Estas no solo desajustan los ritmos biológicos, sino que incrementan la liberación de dopamina, un neurotransmisor que debe reducirse para que el cerebro pueda iniciar correctamente el proceso previo al sueño. “Estamos afectando la fase de anticipación del sueño, un momento clave para lograr un descanso profundo y reparador”, advierte De Lecea, lo que coincide con las recomendaciones de las terapias conductuales para el insomnio.
Respecto a la posibilidad de compensar las horas de sueño perdidas, el especialista recomienda cautela. Asegura que dormir más durante el fin de semana no suple el déficit acumulado durante la semana y puede incluso aumentar el estrés del organismo, que no distingue entre calendarios laborales.
En relación con las fases del sueño, reconoce que aún existen incertidumbres. Por ejemplo, la fase REM es considerada un indicativo de buen descanso y está asociada con la memoria y el estado de ánimo, aunque su función precisa sigue siendo objeto de investigación. Lo mismo sucede con los sueños, que aunque no parecen ser indispensables, podrían contribuir a la regulación emocional y al procesamiento de experiencias intensas.
Para De Lecea, una pregunta clave sin respuesta es cuál es la razón exacta por la que dormimos y cómo enfrentará el cerebro humano los ritmos acelerados y los cambios ambientales generados por la vida moderna. “Estamos modificando rápidamente el planeta y nuestro estilo de vida”, concluye. “Todavía no sabemos cómo responderá nuestro cerebro a largo plazo”.


