Por Ramón Rodríguez Casaubón
Comenzaré hablando de percepción. Ya saben, ese conjunto de acciones que configuran el proceso cognitivo a través del cual el cerebro organiza e interpreta la información sensorial y la dota de significado con la finalidad de comprender el entorno. Es decir, cómo construimos nuestra propia realidad a partir de los datos sensoriales.
Para casi cualquier agricultor o ganadero español, la reducción de más del 20 % de la Política Agraria Común (PAC), las tremendas borrascas consecutivas, el impacto de las inundaciones derivadas de ellas y la posible entrada en vigor del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y los países del Mercosur conforman un escenario poco halagüeño.
Este cúmulo de adversidades atmosféricas, unido a las dificultades económicas y productivas que figuran entre las principales inquietudes del sector, convierte a estos trabajadores en víctimas por partida doble: por lo que sufren como productores y por lo que les espera como consumidores.
Centrándome en Mercosur, y desde la humildad de no tener formación técnica suficiente para desacreditar determinados argumentos, la UE intenta calmar las preocupaciones relacionadas con la salud pública y la competencia desleal recurriendo a las llamadas cláusulas espejo o medidas de reciprocidad. Su objetivo es tan sencillo como ambicioso: que aquello que se prohíbe producir en Europa, se prohíba también importar.
El problema es que la credibilidad de la Unión Europea no es que esté en entredicho; es que resulta prácticamente inexistente. El vuelco del panorama internacional, con figuras como Vladímir Putin o Donald Trump marcando los designios del mundo, ha relegado a Europa a una irrelevancia que recuerda a su papel posterior a la Segunda Guerra Mundial: una entelequia con escasa capacidad de influencia real.
Los consumidores europeos —y, por supuesto, los españoles— nos enfrentamos a la importación de alimentos tratados con pesticidas prohibidos en la UE (cerca del 50 % de los autorizados en países del Mercosur no están aprobados en Europa por sus riesgos para la salud y el medio ambiente). Se prevé, además, la entrada de carne tratada con sustancias como la ractopamina, un acelerador del crecimiento muscular tan controvertido como preocupante; se teme la insuficiencia de controles sanitarios; se amenaza la calidad alimentaria europea; y el medio ambiente tampoco sale indemne. La expansión del agronegocio en Sudamérica, fomentada por este acuerdo, está vinculada a la deforestación, la alteración de ecosistemas y el aumento del riesgo de enfermedades zoonóticas. Esas como la COVID-19.
En definitiva, la percepción se transforma en objetividad cuando se convierte en conocimiento validado, compartible y verificable por múltiples observadores.
Resumiendo al máximo: para que Alemania venda más coches y aspirinas, no deberíamos vender el campo español, y mucho menos nuestra salud. Percepción.
¿Objetividad? Casi que también.
Los consumidores españoles estamos abocados a hacer la cesta de la compra como si manejáramos uranio enriquecido: con cautela extrema, porque el riesgo podría ser real.
Y por cierto, cuando uno cree que el Partido Socialista no puede caer más bajo, sucede que el mismo día en que su antiguo secretario de Organización comparece ante el Tribunal Supremo, el ministro para la Transformación Digital y de la Función Pública, Óscar López, culpa de la debacle electoral de Pilar Alegría en Aragón al recientemente fallecido Javier Lambán. ¿Se puede tener menos clase y decencia? Este ministro de la “Transformación de la Verdad y de la Mentira Pública” demuestra por qué es hombre de confianza de Pedro Sánchez y cómo entiende el sanchismo la autocrítica.
Como dijera Soul Etspes: «La percepción es lo que vemos cuando miramos tras ser interiorizado y, a veces, incluso llevamos razón».


