MOHAMED MOHAMED AHMED
Hay una pregunta que empieza a escucharse cada vez con más fuerza entre muchos vecinos, especialmente entre quienes viven en las barriadas y en la periferia de Ceuta:
¿Dónde estaban algunos de los ciudadanos que hoy se muestran indignados por los actos vandálicos cuando durante años ardían coches y contenedores, se producían tiroteos o se sucedían episodios de violencia en nuestras calles?
La pregunta no pretende justificar ningún acto delictivo. Todo lo contrario.
Quemar un vehículo es un delito. Incendiar un contenedor es un delito. Disparar en la vía pública es un delito. Y cualquier persona que cometa estos hechos debe responder ante la Justicia, independientemente de su nacionalidad, origen o condición.
Pero la indignación también debería tener memoria.
Porque para muchos vecinos de determinados barrios de Ceuta, la violencia callejera no es algo que haya aparecido de repente coincidiendo con la actual crisis migratoria. Es una realidad que llevan años soportando.
Han convivido con contenedores quemados, vehículos incendiados, enfrentamientos, disparos y una sensación de inseguridad que durante demasiado tiempo parecía formar parte del paisaje cotidiano de determinadas zonas de la ciudad.
Y muchos de esos vecinos se preguntan ahora por qué determinados problemas parecen despertar una reacción mucho mayor cuando aparecen asociados al fenómeno migratorio.
¿Por qué entonces apenas ocupaban titulares nacionales?
¿Por qué no provocaban la misma indignación?
¿Por qué determinadas zonas de Ceuta parecían condenadas a convivir con la violencia sin que buena parte de la sociedad mostrara la misma preocupación que muestra ahora?
No se trata de competir por quién ha sufrido más.
Se trata de reconocer que la inseguridad de un barrio sigue siendo inseguridad, independientemente de quién sea el autor del delito o de quién sea la víctima.
El vecino de la periferia que durante años tuvo que mirar por la ventana y comprobar que habían quemado otro coche no debería necesitar que un problema migratorio aparezca en las portadas nacionales para que su preocupación sea considerada legítima.
Ese vecino también forma parte de Ceuta.
Y su miedo también cuenta.
La indignación selectiva también genera desconfianza
Existe además un peligro que no deberíamos ignorar: que la preocupación legítima por la seguridad termine mezclándose con una determinada narrativa política o mediática hasta el punto de hacer creer que todos los problemas de delincuencia de Ceuta tienen un único origen.
Eso tampoco se corresponde con la historia de la ciudad.
La hemeroteca está ahí.
Y basta con revisar las noticias de años anteriores para comprobar que Ceuta ya arrastraba problemas de vandalismo, incendios provocados, violencia callejera y delincuencia antes de que la actual crisis migratoria alcanzara la dimensión que tiene hoy.
Por eso, cuando algunos vecinos preguntan dónde estaban quienes hoy protestan, quizá no estén pidiendo silencio.
Quizá estén reclamando algo mucho más sencillo:
que su sufrimiento también hubiera importado entonces.
Que cuando ardía un coche en su calle alguien levantara la voz.
Que cuando se quemaban contenedores alguien preguntara qué estaba pasando.
Que cuando se producían tiroteos alguien exigiera respuestas.
Que cuando determinados barrios acumulaban problemas de exclusión, deterioro urbano y falta de oportunidades alguien se preguntara qué futuro estaba construyendo la ciudad para sus jóvenes.
Porque la seguridad no puede convertirse en una preocupación de usar y tirar.
No puede aparecer en la agenda pública únicamente cuando resulta útil para explicar un determinado fenómeno.
Si queremos una Ceuta más segura, debemos quererla segura siempre. Para todos sus vecinos y en todos sus barrios.
Y eso exige algo más difícil que señalar a un colectivo: exige mirar de frente a un problema que lleva años existiendo y preguntarnos por qué no fuimos capaces de solucionarlo antes.
Quizá esa sea la pregunta que más incomoda.
No quién llegó ayer.
Sino *por qué durante tantos años permitimos que determinados vecinos convivieran con problemas que hoy, de repente, parecen preocuparnos a todos



