Un meteorito excepcional hallado en el desierto conserva vestigios de un antiguo protoplaneta, posiblemente del tamaño lunar o similar a Marte
Un fragmento rocoso pequeño encontrado en el desierto del Sáhara podría contener la historia de un mundo desaparecido hace aproximadamente 4.500 millones de años. Un reciente estudio ha detectado en el meteorito NWA 12774 indicios químicos y minerales que sugieren la existencia de un antiguo protoplaneta destruido en las primeras etapas del Sistema Solar.
Esta investigación, publicada en la revista Earth and Planetary Science Letters, plantea que este cuerpo celestial pudo tener un tamaño semejante al de la Luna o incluso acercarse al de Marte. Según los científicos, el meteorito representa uno de los pocos restos que quedan de aquel mundo primitivo, aniquilado en un periodo en el que el Sistema Solar estaba marcado por constantes colisiones entre embriones planetarios.
Este hallazgo es especialmente significativo porque aporta nuevas evidencias sobre la formación de los primeros planetas rocosos y demuestra que algunos mundos primigenios pudieron seguir procesos evolutivos distintos a los de la Tierra o Marte.
Un meteorito muy raro hallado en el noroeste de África
El meteorito objeto del estudio es Northwest Africa 12774, conocido comúnmente como NWA 12774. Fue encontrado en el Sáhara y pertenece a un grupo extremadamente raro de meteoritos denominados angritas.
Las angritas son rocas volcánicas muy antiguas, formadas apenas unos millones de años después de la creación del Sistema Solar. Su rareza es notable: de más de 80.000 meteoritos clasificados en la Tierra, sólo unas pocas decenas corresponden a esta clase.
Durante mucho tiempo se creyó que las angritas provenían de pequeños asteroides. Su composición química, baja en sílice y diferente a la de los planetas rocosos conocidos, parecía ajustarse a cuerpos modestos del cinturón de asteroides. Sin embargo, el análisis de NWA 12774 ha cuestionado esta hipótesis.
El equipo liderado por Aaron Bell, investigador de la Universidad de Colorado en Boulder, identificó dentro del meteorito una señal inesperada: cristales de clinopiroxeno con un contenido excepcionalmente alto de aluminio. Este detalle mineralógico fue clave para determinar el origen de la roca.
La señal química que indica un mundo de gran tamaño
El clinopiroxeno es un mineral que se encuentra en la corteza y manto de planetas rocosos como la Tierra. Lo llamativo no fue solo su presencia, sino su composición. El elevado nivel de aluminio sugiere que la roca se formó bajo una presión considerable, mucho mayor que la existente en el interior de un asteroide pequeño.
Los investigadores calcularon que este meteorito se formó bajo una presión de al menos 17,5 kilobares. Para dimensionar esta cifra, se compara con la presión en el fondo de la Fosa de las Marianas, el punto más profundo de los océanos, que alcanza aproximadamente 1 kilobar.
Dicha presión no podría generarse en un cuerpo con apenas unos cientos de kilómetros de diámetro. Según el estudio, el cuerpo original de NWA 12774 debió medir al menos unos 2.000 kilómetros de diámetro, con indicios que sugieren un tamaño aún mayor.
Los cristales del meteorito retienen bordes definidos y patrones químicos delicados que se habrían perdido si la formación hubiera ocurrido en zonas muy calientes y profundas. Esto indica que se cristalizó a una profundidad moderada. Si en una capa relativamente superficial existe tal presión, el cuerpo completo debía ser considerablemente voluminoso.
La conclusión principal es que el meteorito probablemente proviene de un protoplaneta con más de 3.600 kilómetros de diámetro, una dimensión comparable a la de la Luna y relativamente cercana a la escala de Marte.
Un Sistema Solar joven marcado por numerosas colisiones
Este hallazgo contribuye a reconstruir un periodo muy temprano del Sistema Solar. Hace alrededor de 4.560 millones de años, el Sol en sus comienzos estaba rodeado por un disco de gas, polvo y fragmentos sólidos desde donde iniciaron la formación de los primeros cuerpos.
En ese momento no existía el orden planetario que conocemos hoy. Los embriones planetarios crecían mediante choques y fusiones violentas. Algunos sobrevivieron para convertirse en planetas, mientras que otros fueron absorbidos, expulsados o destruidos.
El cuerpo primario del que procede NWA 12774 posiblemente fue uno de estos mundos en formación. Se considera que pudo haber sido destruido por un impacto considerable, similar a la hipótesis de Theia, el protoplaneta que colisionó con la Tierra primitiva y contribuyó a formar la Luna.
Aunque el motivo exacto de su destrucción es desconocido, el meteorito conserva una huella geológica que evidencia su existencia. Se trata de una prueba indirecta, pero significativa, de que cuerpos planetarios de gran tamaño existieron en los albores del Sistema Solar y luego desaparecieron.
Un fragmento que modifica la comprensión sobre las angritas
Uno de los aspectos más destacados del estudio es que invita a reconsiderar el origen de las angritas. Hasta ahora estas rocas se asociaban a asteroides pequeños. No obstante, la presión registrada en NWA 12774 indica que provienen de un cuerpo mayor.
Esto implica que ciertos meteoritos raros conservados en colecciones científicas podrían ser fragmentos de mundos antiguos destruidos. Más que restos de asteroides, serían piezas de planetas que se formaron y desaparecieron cuando el Sistema Solar aún se estaba configurando.
La composición de este meteorito también revela que aquel protoplaneta siguió una evolución química distinta de la Tierra y Marte. Sus materiales diferían, lo que muestra que no todos los cuerpos rocosos primitivos progresaron de la misma manera.
Este dato es de particular interés para la comunidad científica, ya que permite entender mejor la diversidad de procesos en la formación de planetas alrededor del Sol.
Vestigios de mundos extinguidos en la Tierra
El meteorito NWA 12774 es una roca pequeña, pero su valor científico es considerable. Tras viajar durante millones o miles de millones de años por el espacio, llegó a la Tierra, donde fue recuperado en el Sáhara y posteriormente estudiado.
Su análisis demuestra que los meteoritos funcionan como verdaderos archivos del pasado. En ellos se conservan minerales, presiones, temperaturas y composiciones químicas que permiten reconstruir eventos anteriores a la vida en la Tierra.
Los expertos consideran que podría haber más restos similares aún sin ser identificados. Muchos meteoritos almacenados en colecciones científicas no han sido examinados con técnicas actuales, y quizá contengan nuevos datos sobre otros protoplanetas desaparecidos.
Este hallazgo abre así una nueva perspectiva para estudiar la historia inicial del Sistema Solar. Una pequeña piedra encontrada en el desierto ha revelado la probable existencia de un mundo de gran tamaño, destruido hace miles de millones de años pero aún presente en forma de fragmentos dispersos en el espacio.
Un reflejo de la formación planetaria
La historia de NWA 12774 recuerda que el Sistema Solar actual es fruto de una serie de impactos, fusiones y destrucciones. La Tierra, Marte, Venus y Mercurio son los supervivientes de una época en la que muchos otros cuerpos no lograron mantenerse.
Este meteorito procedente del Sáhara ofrece una evidencia notable de aquel pasado tumultuoso. Su composición indica que, antes de que los planetas adoptaran sus órbitas, hubo cuerpos intermedios, algunos con tamaños semejantes a la Luna, que fueron eliminados por colisiones cósmicas.
Hoy, tras miles de millones de años, uno de esos fragmentos ha llegado a la Tierra para contar la historia de un planeta gigante destruido durante los primeros momentos del Sistema Solar.



