Las relaciones entre España y Marruecos atraviesan un momento delicado tras la entrada masiva de migrantes en Ceuta los días 30 y 31 de julio. La investigación de la Audiencia Nacional y las declaraciones del presidente de la Ciudad, Juan Vivas, han reabierto el debate sobre la confianza entre ambos países.
Vivas llegó a calificar a Marruecos de «amenaza directa a los intereses de España» durante su declaración judicial del 30 de septiembre, según informaciones publicadas sobre su comparecencia. Una valoración especialmente significativa por proceder del presidente de una ciudad cuya estabilidad depende, en buena medida, de la cooperación con el país vecino.
Por su parte, un informe de inteligencia policial apunta a la posible intervención de agentes marroquíes en la entrada masiva. Sin embargo, la Dirección General de la Policía ha cuestionado que exista un informe que acredite la planificación o ejecución de aquella operación por las fuerzas de seguridad de Marruecos.
La responsabilidad de las autoridades marroquíes sigue pendiente de esclarecimiento judicial. Sin embargo, PP y Vox ya han señalado públicamente a Marruecos como responsable de la entrada masiva, anticipando una conclusión que corresponde establecer a la Justicia.
A esta situación se añaden las reivindicaciones históricas de Marruecos sobre Ceuta y Melilla, frente a la posición española de que su soberanía no está sujeta a negociación.
La visita de los Reyes a ambas ciudades en octubre quiso reafirmar esa soberanía y, al mismo tiempo, transmitir la voluntad de normalizar las relaciones bilaterales.
Pero España y Marruecos se necesitan. Comparten intereses económicos, comerciales, de seguridad y de control migratorio. Una ruptura de la cooperación podría perjudicar a ambos países y tendría consecuencias especialmente importantes para Ceuta.
La cuestión no es elegir entre firmeza y diálogo, sino cómo mantener unas relaciones de confianza sin renunciar a exigir explicaciones por lo sucedido.
Ceuta necesita seguridad jurídica, estabilidad fronteriza, inversiones y oportunidades económicas. Y necesita que las diferencias entre Madrid y Rabat no terminen convirtiendo a sus ciudadanos en los principales perjudicados.


