EDITORIAL
La violencia política nunca puede tener cabida en una sociedad democrática. Las agresiones, las amenazas, los insultos y la intimidación contra representantes públicos constituyen un ataque no solo contra quienes las sufren, sino también contra la convivencia y las libertades de toda la ciudadanía.
Desde este medio queremos expresar nuestro apoyo y solidaridad con Mohamed Mustafa, Julio Basurco y Julia Ferreras tras los graves hechos denunciados públicamente y puestos en conocimiento de la Jefatura Superior de Policía.
Según la denuncia presentada, Mohamed Mustafa y Julio Basurco fueron víctimas de un presunto intento de agresión cuando un individuo les increpó, abrió la puerta del vehículo en el que viajaban e intentó sacar a Basurco del coche para agredirle, una acción que, según el relato de los denunciantes, fue evitada gracias a la intervención de las personas que se encontraban en el lugar y, posteriormente, de agentes de la Policía Nacional. Del mismo modo, Julia Ferreras denunció haber sido insultada, perseguida y objeto del lanzamiento de objetos mientras se dirigía a oficiar una boda civil, teniendo que ser escoltada por la Policía.
Será la investigación policial y, en su caso, la Justicia quienes determinen las responsabilidades correspondientes. Sin embargo, más allá del recorrido judicial, estos hechos reflejan un preocupante clima de crispación que nunca debería normalizarse.
La llegada mañana a Ceuta del líder de Vox, Santiago Abascal, vuelve a situar a la ciudad en el centro de una intensa confrontación política. Toda formación política tiene derecho a defender sus ideas y a celebrar actos públicos dentro del marco democrático. Pero ese derecho nunca puede convertirse en una coartada para alimentar un ambiente de hostilidad donde algunos crean sentirse legitimados para insultar, amenazar o recurrir a la violencia contra quienes piensan diferente.
La democracia exige debate, no intimidación; argumentos, no agresiones. Cuando el adversario político deja de ser un rival para convertirse en un enemigo al que hay que señalar, acosar o atacar, todos perdemos.
Ceuta ha sido históricamente un ejemplo de convivencia entre culturas, religiones y sensibilidades políticas diversas. Precisamente por ello, resulta especialmente preocupante cualquier discurso o comportamiento que pretenda dividir a la ciudadanía por razones ideológicas, religiosas o de origen. La discrepancia política forma parte de la democracia; el odio, el racismo y la violencia no.
Este medio hace un llamamiento a la responsabilidad de todos los representantes públicos y de todas las fuerzas políticas para rebajar la tensión y condenar, sin matices y con independencia de quién sea la víctima, cualquier acto de violencia o intimidación.
Hoy expresamos nuestra solidaridad con Mohamed Mustafa, Julio Basurco y Julia Ferreras porque nadie debería sufrir agresiones físicas o verbales por ejercer la política. Del mismo modo, defenderemos siempre ese mismo principio para cualquier representante público o ciudadano, con independencia de sus ideas.
Ceuta necesita más diálogo, más respeto y más convivencia. Menos odio, menos confrontación y ninguna violencia. Esa es la única victoria que merece una democracia.



