Las cuatro culturas, Vox y el precio de la convivencia
Vivas rechazó pactar con Vox, después aceptó su apoyo y finalmente rompió aquel entendimiento en nombre de la convivencia. La crisis migratoria vuelve a plantear interrogantes sobre sus líneas rojas.
Por Ismael Perez
La convivencia como línea roja… y como dilema político
Juan Vivas ha defendido durante años la convivencia entre las cuatro culturas como una de las principales señas de identidad de Ceuta. Precisamente ese argumento le sirvió para justificar su rechazo a los pactos con Vox.
Pero conviene recordar los hechos.
En 2019 aseguró que no pactaría con Vox. Meses después aceptó su apoyo para aprobar los presupuestos de 2020. Aquella colaboración terminó cuando las exigencias del partido afectaron a las subvenciones de entidades musulmanas, feministas y de atención a inmigrantes. Vivas recuperó entonces el entendimiento con el PSOE.
La convivencia volvió a convertirse en su línea roja.
Sin embargo, durante la crisis migratoria, el presidente endureció su discurso, reclamó expulsiones inmediatas y participó en manifestaciones donde algunos asistentes exigían la salida de todos los «invasores».
En determinadas exigencias, sus posiciones se aproximaron a las defendidas por Vox.
¿Qué había cambiado? ¿Seguían vigentes las razones que le llevaron a romper con aquel partido? ¿O la presión de la calle había modificado sus prioridades?
Coincidir con Vox en una exigencia no equivale a compartir todo su programa. Pero tampoco elimina la necesidad de explicar las contradicciones.
La convivencia no puede ser una línea roja para rechazar pactos y convertirse en una línea discontinua cuando llegan los aplausos.
Una ciudad que necesita algo más que discursos
Ceuta no partía de una convivencia perfecta. Tras la imagen institucional de las cuatro culturas persistían desigualdades sociales, educativas y territoriales, además de prejuicios que la crisis podía agravar.
El riesgo era que la indignación ante la inmigración irregular terminara trasladándose a las relaciones entre los propios ceutíes.
Durante estos meses se han denunciado agresiones, amenazas y episodios de hostilidad. No puede atribuirse a Vivas la responsabilidad directa de esos hechos sin pruebas. Pero sí cabe preguntarse si su discurso contribuyó a rebajar la tensión o pudo alimentar un clima que exigía especial prudencia.
Un presidente tiene derecho a reclamar seguridad, recursos y responsabilidades al Gobierno central. Tiene también la obligación política de evitar que el miedo termine enfrentando a sus propios vecinos.
Gobernar una ciudad como Ceuta exige algo más que responder a la presión de la calle: exige medir las palabras, mantener la coherencia y proteger la convivencia.
¿Moderación recuperada o estrategia política?
Ahora, tras semanas de protagonismo y exigencias, su discurso parece haber perdido parte de la intensidad inicial. No consta una rectificación expresa, pero las preguntas permanecen.
¿Ha recuperado Vivas su moderación? ¿Ha cambiado de convicciones o simplemente de estrategia?
La cuestión no es si el presidente puede defender el control de las fronteras o exigir el cumplimiento de la legislación. Puede hacerlo. La cuestión es si esas exigencias se acompañan de una política coherente con los principios que él mismo ha presentado como irrenunciables.
Porque la convivencia no se demuestra únicamente en los actos institucionales ni en los discursos conmemorativos. Se demuestra, sobre todo, cuando la tensión aumenta y resulta políticamente rentable buscar culpables.
El globo estalla
Y queda la ironía de nuestra última viñeta: «Solo me queda pactar con Vox».
No anuncia un acuerdo acreditado. Recuerda que Vivas ya aceptó su apoyo, después rompió con ese partido y justificó su distanciamiento en nombre de la convivencia.
El globo se ha pinchado. Lo importante ahora no es quién recoge sus restos, sino evitar que la convivencia de Ceuta termine pagando el precio.
Porque las cuatro culturas no pueden ser únicamente una imagen para los discursos oficiales. Deben constituir un compromiso real, especialmente cuando la presión política y social amenaza con ponerlas a prueba.
La verdadera línea roja de Ceuta debería ser cualquier estrategia que convierta la convivencia en una moneda de cambio.


