LA EDITORIAL
La reciente recepción celebrada en el Parque Marítimo, presentada como la antesala de la llegada de Forbes a Ceuta, dejó una imagen tan llamativa como incómoda. En la llamada “ciudad de la convivencia”, bastaba observar las fotografías del acto para hacerse una pregunta sencilla: ¿dónde estaban los musulmanes influyentes de Ceuta?
No hablamos únicamente de representantes políticos. Hablamos de empresarios, comerciantes, líderes vecinales, profesionales, referentes culturales y sociales de una comunidad que representa una parte esencial de la ciudad. Sin embargo, en un evento concebido para proyectar la imagen moderna, abierta y multicultural de Ceuta, su presencia resultó prácticamente inexistente o, al menos, invisible.
La convivencia es probablemente el concepto más utilizado por las instituciones ceutíes. Se invoca en discursos, campañas promocionales y actos oficiales. Se presenta como la principal seña de identidad de la ciudad. Pero cuando llega el momento de trasladar esa convivencia a los espacios de representación, las fotografías parecen contar una historia distinta.









Porque la convivencia no consiste únicamente en compartir un territorio. Tampoco en repetir un eslogan hasta convertirlo en una verdad incuestionable. La convivencia se demuestra compartiendo espacios de decisión, de influencia y de representación. Cuando una parte significativa de la sociedad no aparece en los actos que simbolizan el presente y el futuro de la ciudad, el mensaje que se transmite es preocupante.
Las explicaciones posibles son varias. Tal vez no fueron invitados. Tal vez fueron invitados y decidieron no acudir. Tal vez asistieron en una proporción tan reducida que quedaron diluidos entre el resto de asistentes. Pero cualquiera de las respuestas conduce a la misma reflexión: existe una evidente desconexión entre el relato oficial y la realidad social que se percibe en la calle.
Mientras las instituciones organizan recepciones y cócteles para mostrar la mejor cara de Ceuta, numerosos barrios continúan enfrentándose a problemas estructurales que llevan años sin resolverse. Barrios que durante décadas fueron motores comerciales y económicos de la ciudad y que hoy sufren una preocupante pérdida de actividad. Barrios como Hadú, donde comerciantes y vecinos han tenido que soportar durante años las consecuencias de unas obras interminables que han puesto en riesgo la supervivencia de muchos negocios.
Es precisamente en esos barrios donde vive buena parte de la comunidad musulmana ceutí. Personas que cada mañana levantan sus persianas, generan empleo, pagan impuestos y sostienen la economía local. Sin embargo, rara vez son protagonistas de las fotografías institucionales. No aparecen en las imágenes que se utilizan para vender el modelo de ciudad. No ocupan las mesas donde se diseña el relato oficial.
La multiculturalidad auténtica no se construye con campañas de imagen ni con actos protocolarios. Se construye garantizando oportunidades, fomentando la participación real y asegurando que todas las comunidades se sientan representadas en los espacios donde se toman decisiones y se proyecta el futuro de la ciudad.
Ceuta posee una riqueza humana y cultural extraordinaria. Tiene la oportunidad de ser un verdadero ejemplo de convivencia para España y para Europa. Pero para conseguirlo es necesario algo más que discursos. Es necesario que la realidad se parezca a la fotografía que se quiere vender.
Porque, mientras eso no ocurra, seguirán siendo precisamente las fotografías las que revelen la distancia existente entre la convivencia que se proclama y la convivencia que realmente se practica.



