Karim Prim
La visita de Sira Rego a El Príncipe pone el foco en unos barrios que reclaman presencia institucional, recursos y respuestas, mientras el Gobierno de Ceuta sigue centrando buena parte de su discurso en reclamar a Madrid
Hay fotografías que incomodan porque obligan a mirar aquello que durante demasiado tiempo se ha querido mantener fuera de plano.
La imagen de la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, en El Príncipe, rodeada de vecinos y de cientos de menores, es una de ellas.
Y no porque la visita de una ministra vaya a resolver por sí sola una crisis migratoria de semejantes dimensiones. Ni porque el Gobierno de la Nación esté exento de responsabilidades. Todo lo contrario.
La imagen incomoda porque plantea una pregunta mucho más sencilla y mucho más cercana:
¿Dónde ha estado durante estos meses el Gobierno de Juan Vivas?
Mientras desde el Ejecutivo de Ceuta se reclamaba una y otra vez la presencia, la ayuda y los recursos de Madrid, la periferia seguía ahí. Con sus vecinos. Con sus problemas. Con sus menores. Con sus asociaciones. Con sus necesidades.
Y resulta difícil explicar que un Gobierno que lleva años gobernando esta ciudad no haya convertido esa periferia en una prioridad política permanente y que haya tenido que ser una ministra del Gobierno de España quien acudiera personalmente a poner el foco sobre ella.
VIVAS RECLAMA A MADRID, PERO ¿QUIÉN MIRA A CEUTA?
El discurso del Gobierno de Vivas lleva demasiado tiempo instalado en una fórmula cómoda: el problema está en Madrid.
Madrid debe pagar.
Madrid debe trasladar.
Madrid debe intervenir.
Madrid debe resolver.
Madrid debe hacerse cargo.
Y, sin embargo, existe una pregunta que no puede seguir esquivándose:
¿Qué corresponde hacer al Gobierno de Ceuta?
Porque una cosa es exigir al Estado que asuma su responsabilidad en una crisis migratoria que afecta a una frontera exterior de España y de Europa.
Y otra muy distinta es utilizar esa crisis para intentar hacer desaparecer las responsabilidades propias.
Los menores que están bajo tutela de la Ciudad no dejan de ser competencia de la Ciudad porque su llegada tenga un origen migratorio.
La saturación puede explicar las dificultades. Puede justificar que se reclamen más medios. Puede exigir al Estado una respuesta extraordinaria.
Pero no puede convertirse en una patente de corso para que miles de menores queden durante semanas expuestos a una situación de precariedad, desamparo o permanencia en las calles.
Cuando una administración no tiene capacidad suficiente, pide ayuda. Pero mientras pide ayuda, sigue teniendo que gobernar.
Y eso es precisamente lo que los ciudadanos tienen derecho a exigir.
LA MINISTRA FUE A DONDE ESTABAN LOS PROBLEMAS
Sira Rego hizo algo que, políticamente, tiene un valor que no debería despreciarse: salió del despacho.
Fue a El Príncipe.
Escuchó a asociaciones.
Se encontró con vecinos.
Vio directamente la concentración de menores.
Y ordenó avanzar en su identificación y acogida.
Aquella escena fue caótica, sí.
Pero quizá precisamente por eso resultó tan reveladora.
Porque mostró una realidad que no cabe en una nota de prensa.
Mostró a cientos de menores concentrados buscando una respuesta administrativa.
Mostró a vecinos que conviven con una situación extraordinaria.
Y mostró a una periferia que, durante demasiado tiempo, ha aparecido en el debate político como una cifra, un problema o un argumento electoral, pero mucho menos como lo que realmente es:
un conjunto de barrios habitados por ciudadanos con derecho a ser escuchados y atendidos.
¿CUÁNDO FUE LA ÚLTIMA VEZ QUE VIVAS ESTUVO ALLÍ?
Esta es la pregunta que debería hacerse el Gobierno de Ceuta.
No para establecer una competición absurda de fotografías.
No para sustituir la política por propaganda.
Sino porque gobernar también significa estar.
Estar cuando las cosas van bien.
Y, sobre todo, estar cuando van mal.
La periferia no puede convertirse en un lugar al que se acude únicamente cuando llega una ministra, cuando hay una crisis o cuando las cámaras nacionales apuntan hacia Ceuta.
Los vecinos de El Príncipe no necesitan que Madrid los descubra cada cierto tiempo.
Necesitan que su propio Gobierno autonómico los conozca, los escuche y actúe sobre el terreno de manera permanente.
No se puede gobernar la periferia desde el centro y después acusar a otros de no conocerla.
LOS RECURSOS NO PUEDEN QUEDARSE EN LOS ANUNCIOS
Hay además una cuestión todavía más incómoda.
El Gobierno de la Nación ha movilizado recursos para afrontar la situación de los menores y aliviar la presión extraordinaria que soporta Ceuta.
Pero un recurso anunciado no es un recurso ejecutado.
Un presupuesto no es un servicio.
Una transferencia no es automáticamente una mejora en un barrio.
Y una partida económica no sirve de nada al vecino que no ve ninguna diferencia en su calle.
Por eso el Gobierno de Vivas tiene una obligación elemental de transparencia: explicar qué recursos estatales han llegado a Ceuta, cómo se han utilizado, a qué programas se han destinado y qué parte de ellos ha llegado efectivamente a los barrios periféricos.
Porque si Madrid manda recursos y los vecinos no los ven, alguien tendrá que explicar dónde están.
Y si no llegan, habrá que explicar por qué.
Lo que no vale es mantener indefinidamente el discurso de que Ceuta está abandonada mientras se administra una parte importante de los recursos destinados precisamente a paliar sus problemas.
La política seria empieza cuando se deja de contar cuánto dinero se reclama y se empieza a explicar cuánto se ha recibido, cuánto se ha gastado y qué resultados ha producido.
LA RESPONSABILIDAD NO SE PUEDE EXTERNALIZAR
El problema migratorio es nacional y europeo.
La frontera es responsabilidad del Estado.
La cooperación con Marruecos es responsabilidad del Estado.
La política migratoria es responsabilidad del Estado.
Pero la protección de los menores tutelados por la Ciudad también tiene un responsable.
Y ese responsable no está en Moncloa.
Está en Ceuta.
Por eso el Gobierno de Vivas no puede pretender que cada problema relacionado con los menores migrantes se convierta automáticamente en una factura que debe pagar Madrid.
Ceuta necesita más recursos, sí.
Necesita apoyo estatal, sí.
Necesita una estrategia nacional y europea, también.
Pero necesita igualmente una administración autonómica que gestione con eficacia sus propias competencias.
Porque si el Estado aporta medios y la Ciudad no consigue transformarlos en plazas, atención, servicios y protección efectiva, el problema no desaparece.
Simplemente cambia de despacho.
LA SOLIDARIDAD QUE SE EXIGE FUERA TAMBIÉN DEBE PRACTICARSE DENTRO
Durante meses hemos escuchado hablar de solidaridad.
Solidaridad de las comunidades autónomas con Ceuta.
Solidaridad del Gobierno central.
Solidaridad europea.
Solidaridad de los españoles.
Todo eso es legítimo.
Pero existe una solidaridad mucho más cercana que también merece ser reclamada: la de la propia administración ceutí con sus barrios.
Porque no puede exigirse solidaridad a todos los demás mientras algunos vecinos tienen la sensación de que los problemas de su barrio solo entran en la agenda cuando se convierten en noticia nacional.
El Príncipe no necesita compasión.
Necesita política pública.
Necesita servicios.
Necesita inversión.
Necesita seguridad.
Necesita recursos sociales.
Necesita oportunidades para sus jóvenes.
Y necesita que sus vecinos no sean tratados como ciudadanos de segunda cada vez que se habla de la periferia.
UNA CIUDAD NO SE DIVIDE POR MIRARLA ENTERA
También merece una respuesta la acusación de que hablar de la periferia supone dividir Ceuta.
No dividir sería aceptar que existen barrios que pueden quedar permanentemente fuera del foco.
Dividir sería considerar que hay una Ceuta que merece todos los recursos y otra que debe conformarse con esperar.
Dividir sería utilizar las diferencias sociales y territoriales como arma electoral.
Pero señalar esas diferencias para intentar corregirlas no es dividir.
Es gobernar.
Cuando Sira Rego habla de una Ceuta periférica que debe ser escuchada, puede discutirse su política, pueden cuestionarse sus decisiones y pueden exigirse resultados.
Lo que no debería discutirse es el derecho de esa periferia a ser visible.
Porque El Príncipe también es Ceuta.
Y Hadú también.
Y Sidi Embarek también.
Y cada familia que vive en esos barrios también forma parte de la ciudad que el Gobierno de Vivas dice representar.
BASTA DE ESCONDER LA GESTIÓN DETRÁS DE MADRID
Ceuta necesita un Gobierno que deje de convertir cada problema en una batalla partidista con Madrid.
Necesita un Gobierno que se siente con el Estado, reclame lo que corresponda, utilice los recursos disponibles y después dé explicaciones a los ciudadanos.
Necesita un Gobierno que asuma que pedir ayuda no significa renunciar a gobernar.
Y necesita, sobre todo, que nadie confunda una rueda de prensa con una política pública.
La visita de Sira Rego a El Príncipe no resuelve la crisis.
Pero ha hecho algo que quizá sea incluso más importante:
Ha obligado a mirar hacia donde algunos preferían que no se mirase demasiado.
Hacia los barrios.
Hacia los menores.
Hacia los vecinos.
Hacia la gestión cotidiana.
Y hacia una pregunta que seguirá ahí cuando desaparezcan las cámaras:
¿Qué ha hecho durante todo este tiempo el Gobierno de Ceuta con las competencias y los recursos que tenía a su alcance?
Esa pregunta no se responde señalando a Madrid.
Se responde con hechos.
Con plazas.
Con servicios.
Con recursos ejecutados.
Con menores protegidos.
Con barrios atendidos.
Y con un Gobierno presente sobre el terreno.
Porque gobernar Ceuta no consiste únicamente en defenderla ante Madrid.
También consiste en estar en Ceuta.
Y especialmente allí donde más falta hace.
En la periferia.


