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Marruecos hace los deberes; España confía en la suerte

Karim Prim

9 de julio de 2026

Hace meses advertí de que España no podía permitirse llegar tarde al mayor desafío deportivo, diplomático e institucional de las próximas décadas. Muchos pensaron que era una exageración. Hoy, sin embargo, cada vez son más las voces que empiezan a reconocer que el riesgo es real.

Solo diré tres cosas para que cada uno saque sus propias conclusiones.

Primera. La sede de la final de la Copa del Mundo no se decide por votación. No hay que salir a buscar apoyos públicos ni hacer campañas de imagen. La decisión depende de muy pocas personas. En realidad, de convencer a quien tiene la capacidad de decidir dentro de la FIFA. Esa es la verdadera partida que se está jugando.

Segunda. Marruecos lleva más de un año desplegando una intensa estrategia de influencia internacional. No solo está construyendo estadios, infraestructuras o mejorando su red de transportes. Está desarrollando una auténtica diplomacia deportiva, fortaleciendo relaciones institucionales y consolidando una presencia constante en los principales foros internacionales del fútbol. Mientras unos trabajan en silencio, otros siguen pensando que el prestigio histórico de España será suficiente.

Tercera. ¿Existe el riesgo de que España pierda la final del Mundial 2030? La respuesta que trasladan diversas fuentes conocedoras del entorno de la FIFA es clara: sí, ese riesgo existe y aumenta conforme pasan los meses sin una reacción política e institucional contundente.

Lo más preocupante es que este análisis ya no es exclusivo de quienes llevamos tiempo alertando sobre ello. Incluso el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Rafael Louzán, ha reclamado públicamente una mayor implicación del Gobierno de España, advirtiendo de que el país no puede desaprovechar una oportunidad histórica.

«Las finales no se pierden únicamente sobre el césped. A veces se pierden mucho antes, en los despachos.»

Y precisamente eso era lo que defendía hace meses: España no puede permitirse llegar tarde.

Los Mundiales ya no se ganan únicamente con buenos estadios o tradición futbolística. Se ganan con influencia internacional, liderazgo político, diplomacia deportiva, capacidad de negociación y una estrategia perfectamente coordinada entre gobiernos, federaciones e instituciones.

Marruecos ha entendido ese mensaje desde el primer día. Ha convertido el Mundial 2030 en un proyecto de Estado y trabaja con una hoja de ruta clara, ambiciosa y constante. España, por el contrario, ha transmitido en demasiadas ocasiones la sensación de que la final estaba garantizada simplemente por historia, capacidad organizativa o prestigio.

Ese puede ser el mayor error.

En política internacional y en la FIFA nadie regala nada. Las decisiones se construyen durante años, en reuniones discretas, en relaciones personales, en presencia institucional y en una labor de influencia permanente que rara vez ocupa titulares.

Todavía hay tiempo para reaccionar. Pero el reloj corre y el margen de maniobra se reduce.

Porque las finales no se pierden únicamente sobre el césped. A veces se pierden mucho antes, en los despachos.

Y España haría bien en no descubrirlo cuando ya sea demasiado tarde.

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