La reciente reacción del Gobierno es positiva, pero evidencia que las advertencias realizadas desde el fútbol español sobre la necesidad de acelerar la organización no eran exageradas.
Por Karim Prim
La reciente reunión entre el presidente del Gobierno y la Real Federación Española de Fútbol demuestra que la preocupación expresada por numerosos actores del mundo del deporte no era exagerada. Entre ellos, quienes hemos trasladado esta inquietud a la oposición y a responsables políticos como Javier Merino, portavoz de Deportes del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados, solicitando que instaran al Gobierno a asumir una mayor implicación en un proyecto estratégico para España.
La intención no era generar polémica ni alimentar debates partidistas, sino reclamar una respuesta institucional a la altura de un acontecimiento que marcará el futuro de nuestro país durante la próxima década. Los acontecimientos de las últimas semanas parecen confirmar que era necesario abrir este debate y exigir una mayor coordinación entre las distintas administraciones.
Hace apenas unos días, el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Rafael Louzán, alertaba públicamente de la necesidad de una mayor implicación institucional para afrontar un reto de dimensiones históricas. Sus declaraciones generaron debate y pusieron sobre la mesa una cuestión que muchos observadores llevaban tiempo señalando: la sensación de que España no estaba avanzando con la misma intensidad que otros socios de la candidatura.
La posterior reunión celebrada en el Palacio de la Moncloa entre Pedro Sánchez y Rafael Louzán supone, sin duda, un paso en la dirección correcta. Más aún cuando el máximo dirigente federativo ha anunciado que propondrá a la FIFA una reunión tripartita al más alto nivel para comenzar a coordinar de forma efectiva la organización del torneo una vez finalice el Mundial que actualmente se disputa en Estados Unidos, México y Canadá.

Sin embargo, la pregunta sigue siendo inevitable: ¿por qué este impulso llega ahora y no antes?
La propia Federación ha fijado objetivos muy concretos para los próximos meses. Mantener las once sedes españolas previstas, conseguir que el Centro Internacional de Prensa y el centro de operaciones de la FIFA se instalen en España, aprobar antes de final de año la legislación específica exigida por el organismo internacional y, sobre todo, lograr que la final del Mundial se dispute en nuestro país.
No son cuestiones menores. Todas ellas requieren planificación, liderazgo político y capacidad de coordinación entre administraciones.
Mientras tanto, Marruecos continúa avanzando a gran velocidad en la ejecución de proyectos vinculados al Mundial. Las inversiones en infraestructuras deportivas, las mejoras en la red de transportes, la modernización urbana y la preparación logística han convertido al país vecino en un ejemplo de movilización institucional alrededor de un objetivo estratégico.
No se trata de establecer una competición entre socios. España, Marruecos y Portugal están llamados a trabajar conjuntamente para garantizar el éxito de la Copa del Mundo de 2030. Pero tampoco podemos ignorar una realidad evidente: la percepción internacional importa y, a día de hoy, Marruecos proyecta una imagen de país plenamente comprometido con el desafío que tiene por delante.
España posee fortalezas extraordinarias. Cuenta con algunos de los mejores estadios del mundo, una industria futbolística líder, experiencia contrastada en la organización de grandes eventos internacionales y una infraestructura turística y logística que pocos países pueden igualar.
Precisamente por eso resulta difícil comprender cualquier atisbo de conformismo o lentitud administrativa.
Las palabras de Rafael Louzán son especialmente significativas cuando afirma que “España debe estar a la cabeza de la organización de un Mundial y la final debe celebrarse en nuestro país”. No se trata únicamente de fútbol. Estamos hablando de prestigio internacional, inversión, empleo, turismo y proyección económica para las próximas décadas.
El Mundial 2030 debe convertirse en un auténtico proyecto de país, alejado de intereses partidistas y de debates estériles. La organización de una Copa del Mundo exige visión de Estado, ambición y trabajo conjunto.
La reacción del Gobierno demuestra que todavía estamos a tiempo de liderar. Pero también deja una enseñanza clara: cuando quienes conocen de primera mano la dimensión de este reto advierten de la necesidad de actuar, conviene escucharles.
España tiene todo para liderar el Mundial 2030.
Lo único que no puede permitirse perder es el tiempo.



