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jueves, noviembre 5, 2026
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«Todos al teatro y a tratarnos como críos»

Por Ramón Rodríguez Casaubón

El panorama político actual se ha convertido en un escenario donde la gestión pública queda relegada a un segundo plano frente al diseño de narrativas electorales. La reciente dimisión de Óscar Puente y los acontecimientos que la rodean no son más que el último acto de una obra perfectamente coreografiada por el núcleo duro del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), capitaneado por Pedro Sánchez. En un contexto electoral de máxima tensión, los movimientos de las últimas semanas revelan una estrategia de supervivencia y relanzamiento que prioriza el impacto mediático sobre la asunción de responsabilidades reales.

Óscar Puente ha mantenido a lo largo de su trayectoria una proyección pública caracterizada por la confrontación directa en redes sociales, una actitud que sus críticos han tildado repetidamente de prepotente, chula y desafiante. Sin embargo, su faceta original como actor parece haber cobrado un nuevo y definitivo sentido en los últimos días. La filtración intencional de los mensajes de WhatsApp entre el futuro exministro y el presidente del Gobierno arroja luz sobre una realidad evidente: la salida de Puente no ha sido un acto espontáneo de asunción de responsabilidades, sino una maniobra fríamente orquestada. El escenario elegido para su despedida, la Comisión Permanente, se transformó en el teatro ideal para una dramatización política diseñada para conmover y, sobre todo, para condicionar la agenda informativa.

La contradicción en los tiempos de esta dimisión resulta especialmente reveladora cuando se analiza bajo el prisma del gravísimo accidente de Adamuz, en el que la gestión del ministerio quedó seriamente cuestionada y donde la lógica de la responsabilidad política exigía una dimisión inmediata, a pesar de ello Puente se mantuvo firme en el cargo. ¿Por qué en aquel momento no se consideró oportuno dar un paso al lado y ahora sí? La respuesta se encuentra estrictamente en el calendario electoral. En el momento del siniestro ferroviario, la permanencia de Puente era considerada asumible por el aparato del partido; hoy, en cambio, su salida es una pieza necesaria para salvar una campaña electoral que amenazaba con naufragar.

La campaña del PSOE, basada hasta hace poco en una estética blanda de proximidad afectiva mediante bailes, besos y abrazos, había perdido tracción y credibilidad ante la ciudadanía. Agotado ese formato, la maquinaria de Moncloa, con Pedro Sánchez al frente – cuya trayectoria personal y política puede ser descrita como un ejercicio continuo de manipulación y distorsión de la realidad, recordemos su etapa epistolar – identificó la necesidad de dar un giro radical de guion. La dimisión teatralizada de Puente ofrece el combustible perfecto para articular un nuevo lema de campaña: “No todos los políticos son iguales”. A través de este mensaje, el partido intenta presentarse como una formación con estándares éticos superiores, capaz de inmolar a una de sus figuras más visibles con tal de marcar una línea de demarcación moral frente a sus adversarios.

A esta burda puesta en escena socialista se ha sumado, de forma involuntaria pero flagrante, la tremenda torpeza táctica del Partido Popular. En un despliegue de miopía política absoluta se apresuró desde el primer instante a exigir con furia la dimisión en bloque de Puente. Con esta impaciencia amateur, la oposición cayó de lleno en la trampa tendida por Moncloa. En lugar de mantener una postura inteligente, dejar pasar los días y permitir que Puente actuara libre de presiones externas para evidenciar su propia inacción y desgaste ante la opinión pública, el PP le regaló el victimismo desde la simpleza de su estrategia. Al presionarlo desde el minuto uno, le facilitaron el pretexto perfecto para justificar una salida épica y justiciera en la Comisión Permanente, sirviendo en bandeja de plata el relato de que caía “acosado por la derecha” y no por su propia incompetencia.

Esta falta de altura estratégica por parte del PP resulta aún más sangrante cuando se analiza su nula autoridad ética para ejercer como tribunal de la decencia pública. Carece por completo de la más mínima catadura moral para criticar la gestión de crisis o la falta de dimisiones de sus adversarios, habiendo dejado un historial negro de desprecio y deshumanización ante las tragedias colectivas. La memoria democrática no olvida la deleznable gestión del accidente del Alvia en Santiago de Compostela, la respuesta oficial ante la catástrofe del Prestige, o el infame tratamiento político y judicial dispensado a las víctimas del accidente del Metro de Valencia bajo el mandato de los populares y ¡qué decir de la Dana! Un partido que históricamente ha blindado a sus cargos, manipulado comisiones de investigación y dado la espalda al dolor de las víctimas frente a sus propios errores de gestión no puede fingir hoy una superioridad ética que jamás ha poseído.

En conclusión, la salida de Óscar Puente no representa una regeneración democrática ni un acto de honestidad política, sino un monumental engaño a dos bandas. Por un lado, un PSOE que instrumentaliza los tiempos de las crisis en función de sus intereses demoscópicos y de un lema electoral fabricado a contrarreloj. Por el otro, un PP torpe en su estrategia de fiscalización y carente de toda legitimidad moral para exigir responsabilidades. La política española se consolida así como un gran teatro donde las dimisiones no se producen por la gravedad de los errores cometidos, sino cuando el guion electoral exige el sacrificio de un actor para intentar salvar los muebles en las urnas.

Así que doy la razón a Puente “No todos los políticos son iguales pero los del PP y PSOE ¡sí!”.

Terminamos con un aforismo de Soul Etspes: “Cuando un actor hace de Ministro no deja de serlo, aunque se puede convertir en un payaso”

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