La creciente confrontación de Juan Vivas con el Gobierno y la aproximación de su discurso al de Génova hacían previsible que Ceuta terminara convertida en argumento electoral. Ahora el propio presidente pide que la crisis sea uno de los ejes de la campaña de Feijóo.
ISMAEL PÉREZ
Conviene aclararlo desde el principio. Este artículo de opinión no pretende justificar la actuación del Gobierno durante la crisis, que deberá responder de sus errores, retrasos y decisiones. Tampoco cuestiona el derecho de Vivas a criticarlos. La reflexión es otra: si el presidente de Ceuta fue alejándose de la colaboración institucional hasta aproximarse a la estrategia política de Génova.
Ahora sabemos dónde termina el camino.
Vivas ha defendido que la crisis de Ceuta debe convertirse en uno de los ejes electorales y la ha presentado como argumento para sustituir a Pedro Sánchez por Alberto Núñez Feijóo.
La declaración invita a mirar hacia atrás. Porque durante estos meses Ceuta fue dejando de ser únicamente una crisis que gestionar para convertirse también en argumento político contra el Ejecutivo.
De la colaboración a la confrontación
El cambio resultaba especialmente significativo en un presidente que, ante otras situaciones difíciles para Ceuta, había hecho de la colaboración con el Gobierno de España uno de los ejes de su actuación.
Esta vez, a medida que avanzaba la crisis, Vivas endureció su discurso. Su posición pública fue poniendo cada vez más el acento en señalar culpables y exigir responsabilidades que en transmitir una imagen de colaboración entre administraciones para buscar soluciones.
Exigir responsabilidades era legítimo y necesario. La pregunta es si debía convertirse en la prioridad mientras la crisis seguía abierta.
Desde las filas socialistas se llegó a afirmar que Vivas había pasado de «tirar del carro junto al Gobierno, como había hecho en otras ocasiones, a poner palos en las ruedas».
Y mientras Vivas endurecía su posición, Génova incrementaba su protagonismo. Feijóo convirtió progresivamente Ceuta en argumento contra el Gobierno y se publicaron informaciones sobre la decisión de la dirección nacional del PP de centralizar el mensaje del partido sobre la crisis.
No sabemos si existieron instrucciones concretas para Vivas. Pero sí puede observarse que ambos discursos fueron aproximándose hasta hacer más difícil distinguir dónde terminaba la reivindicación institucional y dónde comenzaba la política de partido.
Las expulsiones
La cuestión de las expulsiones fue probablemente el ejemplo más evidente.
Vivas reclamó la «expulsión inmediata» de los migrantes y terminó calificando lo sucedido como una «invasión». Resulta significativo que «invasores, expulsión» se convirtiera también en una de las consignas más repetidas en las manifestaciones.
La salida rápida conectaba con el deseo de todos los ceutíes de ver resuelta cuanto antes una situación que estaba afectando profundamente a la ciudad.
Pero una expulsión general e inmediata no podía realizarse al margen de los procedimientos legales. Se presentaba así, de forma demagógica, una solución aparentemente rápida sin explicar con la misma contundencia los límites jurídicos que impedían ejecutarla en esos términos.
El Gobierno y la Comisión Europea también defendían el retorno de quienes no tuvieran derecho a permanecer. La diferencia estaba en cómo hacerlo. Y existía un precedente conocido: las devoluciones de menores de 2021 fueron declaradas ilegales por el Tribunal Supremo por no haberse seguido el procedimiento individual establecido.
¿Habría sido diferente?
Queda una pregunta: ¿qué habría ocurrido si desde el principio hubiera existido entre la Ciudad y el Gobierno el mismo grado de colaboración institucional que Vivas había mantenido en otras crisis?
No puede afirmarse que esa cooperación hubiera resuelto por sí sola una situación de semejante magnitud ni eliminado los errores y retrasos del Gobierno.
Pero cabe preguntarse si una actuación más coordinada y con menos confrontación habría permitido acelerar algunas decisiones.
De la crisis a la campaña
Ahora Vivas quiere que la crisis sea uno de los ejes electorales.
No podemos afirmar que toda su actuación anterior estuviera diseñada con esa finalidad. Pero la secuencia está ahí: menor colaboración institucional, confrontación creciente, endurecimiento del discurso sobre las expulsiones, protagonismo mediático, aproximación a Génova y, finalmente, voluntad expresa de llevar la crisis al terreno electoral.
Lo que durante estos meses podía interpretarse como utilización política adquiere ahora una dimensión electoral explícita.
El problema no es que el PP critique al Gobierno ni que utilice políticamente sus errores. Eso forma parte del debate democrático.
La cuestión es si durante una de las crisis más graves sufridas por Ceuta los intereses de la ciudad terminaron, en algún momento, mezclándose con los intereses del partido.
Cada lector podrá sacar su conclusión.
Pero quizá la pregunta que realmente importa sea otra: cuando Ceuta atraviesa una crisis de esta magnitud, ¿qué necesita más de su presidente: confrontación política o toda su capacidad institucional puesta al servicio de las soluciones?
La campaña ya tiene sus argumentos. Ceuta sigue necesitando respuestas.


