Una menor de 13 años, increpada e insultada durante la manifestación hacia la frontera. Su familia denuncia los hechos y lamenta la respuesta recibida cuando pidió ayuda a la Policía.
Hay preguntas que deberían avergonzarnos como sociedad.
¿A dónde tiene que volver una niña de 13 años si ha nacido, crecido y vive en Ceuta?
La pregunta surge después de lo ocurrido ayer durante la manifestación que se dirigía hacia la frontera.
La menor, de 13 años, vio la movilización y decidió acercarse. Quiso caminar junto a los manifestantes. Era una niña más entre cientos de personas.
Pero alguien decidió preguntarle de dónde había salido.
Ella respondió con la inocencia propia de su edad:
«De casa de mi madre».
Y, según denuncia ahora su familia, comenzaron los insultos.
La menor habría sido increpada por una mujer, otra persona y el marido de esta, llegando a escuchar expresiones como «invasora» y referencias a que debía volver «a tu país».
La situación habría llegado todavía más lejos. Según el relato familiar incluido en la denuncia, otra mujer llegó a decirle que el día anterior la había visto en el hospital «con tuberculosis».
Una niña.
Trece años.
En plena calle.
Y siendo señalada por adultos.
¿QUÉ VIO AQUELLA GENTE CUANDO MIRÓ A UNA NIÑA?
Esta es probablemente la pregunta más incómoda de todas.
La familia asegura que la menor es de piel muy morena.
Y cuesta no preguntarse si precisamente eso fue lo que provocó que algunas personas la señalaran y cuestionaran su procedencia.
Porque si una niña ceutí puede ser considerada «invasora» simplemente por su apariencia, entonces tenemos un problema que va mucho más allá de una manifestación.
Tenemos un problema como sociedad.
¿Quién decide quién es de aquí?
¿Quién tiene derecho a señalar a otro ceutí y decirle que se marche «a su país»?
¿Quién determina qué color de piel, qué apellido o qué familia es suficientemente española para pertenecer a Ceuta?
Y TODAVÍA LE PIDIERON EL DNI
Según la familia, durante el episodio también llegaron a pedirle el documento de identidad a la menor.
Una niña de 13 años, en medio de una manifestación, teniendo que dar explicaciones sobre quién es y de dónde viene.
Sus familiares llegaron posteriormente al lugar y trasladaron lo ocurrido a uno de los agentes de Policía presentes en el dispositivo.
La familia denuncia que, pese a explicar que había una menor implicada y que estaba siendo increpada, no recibió la respuesta que esperaba por parte del agente.
Los hechos han sido denunciados y ahora corresponderá a las autoridades determinar exactamente qué ocurrió y si existen responsabilidades.
Pero hay algo que ninguna investigación debería hacernos olvidar:
una niña no puede convertirse en el blanco de la rabia de los adultos.
SE PUEDE ESTAR INDIGNADO SIN ODIAR
Que nadie confunda las cosas.
Una manifestación es legítima.
La protesta es legítima.
La crítica al Gobierno es legítima.
Exigir soluciones para Ceuta es legítimo.
Pero insultar a una menor no es reivindicación.
Decirle a una niña que es una invasora no es defender Ceuta.
Cuestionar su pertenencia a la ciudad por su aspecto físico no es patriotismo.
Y utilizar una enfermedad como insulto contra una menor no es libertad de expresión.
Es cruzar una línea.
CEUTA NO PUEDE MIRAR HACIA OTRO LADO
Ceuta ha vivido demasiadas semanas de tensión, miedo, incertidumbre y enfrentamiento.
Precisamente por eso debemos ser todavía más cuidadosos con lo que decimos y hacemos.
Porque detrás de cada cifra hay personas.
Detrás de cada debate político hay familias.
Y detrás de cada niño hay una vida que estamos obligados a proteger.
La familia de esta menor está indignada.
Y ha decidido denunciar públicamente lo ocurrido porque considera que guardar silencio sería aceptar que algo así puede volver a suceder.
Quizá este caso debería servirnos para mirarnos al espejo.
Porque una ciudad no se defiende insultando a sus propios niños.
Una ciudad no se protege sembrando odio entre vecinos.
Y una ciudad no puede pedir respeto mientras algunos de sus ciudadanos son incapaces de respetar al que tienen delante.
Ayer fue una niña de 13 años.
Hoy nos preguntamos qué habría ocurrido si hubiera sido nuestra hija, nuestra hermana, nuestra sobrina o nuestra nieta.
Entonces quizá entenderíamos la gravedad.
UNA ÚLTIMA PREGUNTA
A quienes ayer llamaron «invasora» a una niña ceutí de 13 años:
¿A dónde quieren que vuelva?
Porque ella ya está en casa.
Está en Ceuta.
Y Ceuta también es su casa.


