Por Karim Prim
En el fútbol base llevamos demasiado tiempo confundiendo velocidad con dirección. Queremos fabricar campeones antes de haber formado niños felices. Buscamos resultados inmediatos cuando el verdadero éxito se construye a largo plazo.
Noruega ha demostrado que existe otro camino. Un país con poco más de cinco millones de habitantes decidió que, antes de ganar medallas o levantar trofeos, lo importante era que los niños disfrutaran del deporte. Paradójicamente, esa filosofía ha terminado convirtiéndolos en una de las mayores potencias deportivas del mundo.
Su modelo rompe con muchas de las ideas que siguen dominando el deporte de formación. Allí no existe la obsesión por las clasificaciones en edades tempranas, se fomenta la práctica de varios deportes, se evita la especialización precoz y el objetivo principal es que ningún niño abandone la actividad física porque alguien le hizo creer demasiado pronto que no servía.
Mientras tanto, en muchos lugares seguimos viendo cómo niños de ocho o nueve años viven entrenamientos propios del fútbol profesional, soportan una presión innecesaria y son etiquetados como futuros cracks o descartados demasiado pronto. En demasiadas ocasiones son los adultos quienes compiten a través de ellos.
El talento no tiene fecha de caducidad. Hay jugadores que destacan a los diez años y desaparecen antes de llegar a categoría juvenil. Otros apenas llaman la atención durante su infancia y terminan convirtiéndose en futbolistas profesionales. La historia del deporte está llena de ejemplos que demuestran que el desarrollo de un deportista no es una línea recta.
La misión de un entrenador de fútbol base no debería ser ganar el campeonato benjamín, sino conseguir que veinte años después esos niños sigan amando el deporte, con valores, disciplina y hábitos de vida saludables. Si además alguno alcanza la élite, será la consecuencia de un proceso bien construido y no el objetivo obsesivo desde el primer día.
También conviene recordar que el deporte no solo produce futbolistas. Produce ciudadanos. Enseña a convivir, a respetar, a gestionar la derrota, a trabajar en equipo y a superar la frustración. Cuando olvidamos esa función educativa, el deporte pierde parte de su esencia.
Quizá ha llegado el momento de preguntarnos si estamos formando jugadores o simplemente consumiendo la infancia de nuestros hijos en busca de un éxito que muy pocos alcanzarán.
Noruega tomó una decisión valiente: proteger la ilusión de los niños antes que alimentar el ego de los adultos. Los resultados están ahí. No porque decidieran formar menos campeones, sino porque entendieron que los verdaderos campeones nacen cuando un niño nunca deja de disfrutar jugando.



