Una década de preparación, organización comunitaria, medios de comunicación propios y participación institucional explican cómo la comunidad árabe-americana de Michigan ha conseguido transformar sus aspiraciones en representación. Una experiencia que Ceuta debería conocer y estudiar sin complejos.
Hay victorias electorales que van mucho más allá de las urnas. Representan años de trabajo, organización, compromiso colectivo y una generación que decide dejar de ser espectadora para convertirse en protagonista de su propio futuro.
Los acontecimientos políticos vividos en Estados Unidos, especialmente en Michigan, merecen una reflexión que en Ceuta deberíamos hacer con atención. Los avances electorales de representantes árabes y musulmanes son una muestra de cómo las comunidades que durante años han trabajado para conseguir representación pueden terminar ocupando espacios de responsabilidad que antes parecían inalcanzables.
Pero hay algo especialmente importante detrás de estos resultados: no ha sido una conquista improvisada, sino el resultado de muchos años de preparación.
Y de eso puedo hablar desde mi propia experiencia.
Dearborn: cuando el trabajo comienza mucho antes de las elecciones
Tuve la suerte de conocer Dearborn, en Michigan, hace ya casi una década. Allí tuve la oportunidad de reunirme con representantes y miembros del colectivo árabe-americano, conocer de primera mano sus inquietudes, sus aspiraciones y, sobre todo, el trabajo que estaban desarrollando.
Lo que más me llamó la atención fue comprobar que no estaban esperando a que llegara una oportunidad política. Estaban trabajando para construirla.
Había una estrategia, una visión de futuro y una convicción compartida: la comunidad debía prepararse, formarse, participar en las instituciones, establecer relaciones, construir liderazgos y conseguir que su voz tuviera peso en las decisiones políticas.
No se trataba simplemente de conseguir que una persona de origen árabe o musulmán llegara a una alcaldía o a una institución. Se trataba de construir una comunidad con capacidad de participación, influencia y representación.
Aquello no empezó ayer. En Michigan, las organizaciones políticas y cívicas árabe-americanas llevan décadas trabajando para abrirse camino en las instituciones. La elección de representantes de origen árabe y musulmán en diferentes municipios y organismos forma parte de un proceso mucho más amplio.

Hoy podemos observar los resultados de ese trabajo.
El verdadero secreto: un modelo de ciudad y un lobby árabe-americano
Hay un aspecto de Dearborn que considero especialmente interesante y que, en mi opinión, merece ser estudiado en Ceuta: su modelo de ciudad y la capacidad de organización de su comunidad árabe-americana.
En Dearborn, buena parte de la vida comunitaria gira alrededor de las asociaciones, las organizaciones sociales, los centros culturales, las instituciones educativas, las entidades empresariales y las estructuras de representación ciudadana.
No hablamos únicamente de política. Hablamos de una red comunitaria que conecta a familias, empresarios, profesionales, jóvenes, asociaciones y representantes institucionales.
Y aquí aparece una palabra que en Ceuta deberíamos entender en su sentido más constructivo: el lobby.
El lobby árabe-americano no consiste simplemente en apoyar a determinados candidatos durante unas elecciones. Consiste en tener organizaciones capaces de trasladar las necesidades de su comunidad, mantener interlocución con las administraciones, defender sus intereses legítimos, establecer alianzas y participar en los grandes debates políticos y sociales.
Es una estructura de influencia cívica que se construye durante años y que no depende exclusivamente de quién gobierne en cada momento.
En ese modelo, la religión ocupa un espacio propio y la participación ciudadana otro. La fe es una cuestión personal, mientras que la vida pública se desarrolla desde la ciudadanía, los derechos y la participación democrática.
Mezquitas y centros islámicos: mucho más que lugares de culto
También me llamó la atención el papel de las mezquitas y los centros islámicos. Muchos de ellos se sostienen mediante las aportaciones voluntarias de sus comunidades, donaciones y actividades benéficas, sin depender necesariamente de financiación pública.
Pero su función va mucho más allá del culto religioso.
Son espacios de encuentro, convivencia, educación, solidaridad y participación social. Organizan actividades para jóvenes, encuentros familiares, iniciativas deportivas, campañas solidarias y programas de asistencia a personas necesitadas. Algunos desarrollan también servicios de orientación familiar, apoyo social y colaboración con entidades sanitarias y educativas.
Sus instalaciones se convierten en auténticos puntos de encuentro comunitario, donde las familias encuentran apoyo, los jóvenes desarrollan actividades y las asociaciones pueden impulsar iniciativas que benefician al conjunto de la sociedad.
Y hay otro aspecto especialmente valioso: las relaciones con personas de otras confesiones religiosas y organizaciones de la sociedad civil. Los encuentros interreligiosos, las visitas y las actividades compartidas permiten construir puentes de convivencia.
No se trata de levantar muros alrededor de una comunidad, sino de abrir espacios de encuentro con el resto de la sociedad.
Una comunidad que también tiene sus propios medios de comunicación
Hay otro elemento de Dearborn que me llamó especialmente la atención durante mi experiencia en Michigan y que considero fundamental para entender su modelo de organización: sus propios medios de comunicación.

La comunidad árabe-americana ha desarrollado sus propios espacios informativos, medios digitales, emisoras y canales de televisión, convirtiendo la comunicación en una herramienta esencial para mantener informada a la población, defender sus intereses, transmitir su realidad y conectar a las distintas generaciones.
No esperan exclusivamente a que otros medios cuenten su historia. También han construido plataformas desde las que pueden explicar quiénes son, qué necesitan y cuáles son sus aspiraciones.
Los medios de comunicación no cumplen únicamente una función informativa. También ayudan a construir identidad comunitaria, fomentar la participación y mantener una conexión permanente entre las asociaciones, las instituciones, los empresarios y las familias.
Y aquí aparece otra cuestión que merece una reflexión especial: la convivencia entre musulmanes suníes y chiíes.
Ambas comunidades mantienen diferencias religiosas, doctrinales y en sus formas de culto. Sin embargo, esas diferencias no tienen por qué impedir la colaboración en los asuntos sociales, culturales y comunitarios.
Cada grupo puede conservar sus propias tradiciones y espacios de oración, pero compartir actividades, encuentros y proyectos que benefician a todos.
Lo verdaderamente interesante es entender que no necesitan pensar igual ni practicar la religión de la misma manera para sentirse parte de una misma comunidad.
Distintas formas de entender y practicar la fe, pero un mismo espacio de convivencia y objetivos compartidos.
Esta capacidad de separar las diferencias religiosas de los objetivos colectivos es una de las cuestiones que más deberían hacernos reflexionar en Ceuta.
La convivencia no exige que todos pensemos igual, que recemos de la misma manera o que tengamos las mismas costumbres. Exige respeto, voluntad de colaboración y capacidad para entender que existen intereses comunes mucho más importantes que nuestras diferencias.
Mi experiencia en el programa IVLP del Departamento de Estado
Tuve la oportunidad de vivir parte de este proceso durante mi participación en el programa IVLP (International Visitor Leadership Program), impulsado por el Departamento de Estado de Estados Unidos.
Aquella experiencia me permitió conocer de cerca una realidad que considero especialmente interesante: cómo las comunidades organizadas trabajan para participar plenamente en la vida institucional, formar a sus representantes y construir relaciones con los diferentes niveles de la Administración.
Recuerdo especialmente aquellos encuentros en Michigan y las conversaciones con representantes del colectivo árabe.
Mientras algunos podían interpretar aquel trabajo como una simple reivindicación de representación, quienes participaban en él tenían muy claro que estaban construyendo algo mucho más importante.
Estaban preparando el futuro.
Casi diez años después, observar los acontecimientos actuales me permite recordar aquellas reuniones y comprender todavía mejor la dimensión de lo que entonces se estaba gestando.
¿Y qué tiene que ver todo esto con Ceuta?
Mucho más de lo que algunos pueden imaginar.
Ceuta es una ciudad plural, con una realidad social, cultural y religiosa que forma parte de su identidad. Sus ciudadanos musulmanes, al igual que el resto de los ceutíes, tienen derecho a participar en todos los ámbitos de la sociedad, a desarrollar liderazgos, a ocupar responsabilidades y a formar parte de las decisiones que determinan el futuro de la ciudad.
Pero hay una diferencia importante entre tener presencia y tener capacidad real de participación.
La representación no se construye únicamente reclamándola. Se construye preparando personas, formando cuadros, creando asociaciones sólidas, impulsando iniciativas sociales, económicas y culturales, participando en las instituciones y desarrollando proyectos a largo plazo.
Y, sobre todo, trabajando unidos en torno a objetivos comunes, sin renunciar a la pluralidad de opiniones.
Ceuta necesita aprender a construir estructuras comunitarias fuertes, independientes y abiertas. Necesita asociaciones que no vivan exclusivamente pendientes de las subvenciones, jóvenes que se preparen para asumir responsabilidades, profesionales que aporten sus conocimientos, medios de comunicación capaces de transmitir la realidad de la ciudad y organizaciones que mantengan una interlocución permanente con las instituciones.
También necesita espacios de encuentro donde las distintas sensibilidades religiosas y culturales puedan colaborar sin que sus diferencias se conviertan en obstáculos.
No se trata de crear un proyecto político de carácter religioso ni de reproducir divisiones identitarias. Se trata de conseguir que todos los ciudadanos tengan las mismas oportunidades de participar y que ninguna parte de la sociedad quede al margen de las decisiones importantes.
No se trata de copiar el modelo estadounidense, porque las realidades institucionales y sociales son diferentes. Se trata de aprender de una experiencia que demuestra la importancia de la organización y de la preparación.
No es una cuestión religiosa, es una cuestión de ciudadanía
Conviene dejar algo muy claro: este debate no debe plantearse desde la religión, sino desde la igualdad de derechos, la participación democrática y la capacidad de contribuir al desarrollo de una sociedad.
La identidad religiosa o el origen familiar de una persona no deben ser un obstáculo para acceder a responsabilidades públicas, pero tampoco pueden convertirse en el único argumento para reclamar representación.
Lo verdaderamente importante son la preparación, la capacidad, el compromiso y el trabajo por el conjunto de la ciudadanía.
Dearborn ofrece una lección interesante: una comunidad puede mantener sus raíces culturales, conservar su identidad y, al mismo tiempo, participar plenamente en las instituciones de su país.
Y eso es perfectamente compatible con una Ceuta española, plural y abierta, donde todos sus ciudadanos se sientan parte de un mismo proyecto de ciudad.
Casi diez años después, recuerdo aquellas reuniones
Cuando recuerdo aquellos encuentros en Michigan, me viene a la cabeza una idea que entonces quizá no alcancé a dimensionar en toda su importancia: aquellas personas no estaban hablando únicamente de las próximas elecciones. Estaban hablando de dónde querían estar diez o quince años después.
Hoy, al observar los acontecimientos actuales, encuentro una parte de la respuesta.
La historia de Dearborn no se explica solamente por una victoria electoral. Se explica por años de trabajo comunitario, participación política, formación de liderazgos, medios de comunicación propios y construcción de estructuras capaces de transformar las aspiraciones en resultados.
Ceuta debería mirar esa experiencia sin complejos y sin prejuicios.
Porque nuestra ciudad tiene talento, tiene jóvenes preparados, tiene personas comprometidas y tiene una diversidad que puede convertirse en una oportunidad de desarrollo colectivo.
Pero para conseguirlo hace falta algo que no siempre hemos sabido hacer: pensar a largo plazo, trabajar juntos y dejar de confundir la participación con la simple presencia en una fotografía.
Las elecciones se ganan un día, pero la preparación para llegar a ellas puede necesitar décadas.
Eso fue lo que tuve la oportunidad de conocer en Dearborn durante mi experiencia en el programa IVLP. Y eso es, probablemente, lo más importante que podemos aprender hoy de Michigan.
El futuro de Ceuta también se construye desde ahora.


