MOHAMED AHMED
La comunidad judía de Ceuta reclama ahora responsabilidad por las acusaciones contra Israel. Pero cabe preguntarse por qué esa misma voz no se ha escuchado con igual contundencia ante el sufrimiento de la población civil palestina.
Ahora resulta que la comunidad judía de Ceuta sí alza la voz.
Lo hace para responder a las declaraciones de Pedro Sánchez, para reclamar responsabilidad a las autoridades y para mostrar su malestar por las referencias a Israel en relación con la crisis migratoria y la difusión de bulos.
Y está en su derecho.
Pero precisamente porque está en su derecho a exigir responsabilidad, también es legítimo hacer una pregunta:
¿Dónde estaba esa misma voz cuando morían los niños de Gaza?
Ceuta lleva años presentándose como un ejemplo de convivencia entre cuatro culturas. Se habla constantemente de respeto, tolerancia, diálogo y convivencia entre comunidades.
Pero la convivencia no puede consistir únicamente en defender a los nuestros cuando nos sentimos señalados.
La convivencia también exige tener voz cuando las víctimas son otros.
Durante todo este tiempo, no hemos visto —al menos públicamente y con la misma contundencia— a los representantes de la comunidad judía de Ceuta salir a condenar las muertes de civiles palestinos y a reclamar responsabilidades al Gobierno de Benjamin Netanyahu por las acciones militares de Israel en Gaza.
Ahora sí existe una respuesta pública.
Ahora sí se habla de responsabilidad.
Ahora sí se considera importante denunciar unas declaraciones cuando afectan a Israel o cuando generan malestar dentro de la comunidad.
Pues bien, la responsabilidad también debe ser exigible cuando quienes sufren son palestinos.
Los niños palestinos no valen menos que los niños israelíes. Las mujeres palestinas no valen menos que las mujeres israelíes. Y la vida de un civil no debería adquirir más o menos valor dependiendo de la bandera que tenga detrás.
Y conviene dejar algo muy claro: criticar las decisiones del Gobierno de Israel no significa atacar al pueblo judío ni a la religión judía. Del mismo modo, defender los derechos del pueblo palestino no significa justificar los ataques contra civiles cometidos por Hamás.
Precisamente por eso resulta tan preocupante que cualquier crítica al Gobierno israelí pueda ser presentada automáticamente como antisemitismo.
Se puede defender al pueblo judío y, al mismo tiempo, condenar las decisiones de un Gobierno israelí.
Se puede condenar a Hamás y, al mismo tiempo, denunciar la muerte de civiles palestinos.
Se puede defender la convivencia y, al mismo tiempo, exigir justicia para quienes están sufriendo.
No son posiciones incompatibles. Es cuestión de coherencia.
Si la comunidad judía de Ceuta considera que determinadas declaraciones contra Israel son injustas y que deben ser denunciadas públicamente, tiene todo el derecho a hacerlo.
Pero esa misma exigencia moral debería aplicarse también cuando se habla de Gaza.
Porque el silencio también comunica.
Y cuando una comunidad reclama que se escuche su voz ante aquello que considera una injusticia, resulta inevitable preguntarse por qué esa voz no se escuchó con la misma fuerza ante las imágenes de niños muertos, familias destruidas y población civil palestina atrapada en una guerra que no eligió.
Ceuta no puede presumir de ser una ciudad de convivencia si la solidaridad tiene diferentes niveles dependiendo de quién sea la víctima.
La verdadera convivencia no consiste en callar para no incomodar.
Consiste en defender los derechos humanos incluso cuando hacerlo resulta incómodo.
Todos los civiles merecen protección. Todos los niños merecen vivir. Y todas las víctimas merecen ser lloradas.
Ese debería ser el mínimo común de una ciudad que presume de ser ejemplo de convivencia.



