Me llamo Lucía Cerdeira Argüelles. Sí, soy la asesora del Grupo Parlamentario Socialista de Ceuta cuyo cese ha merecido estos días algún espacio en prensa.
Y voy a empezar dejando clara una diferencia, yo doy la cara.
Este artículo lleva mi nombre y mis apellidos. Lo escribo, lo firmo y respondo por cada palabra.
No necesito esconderme detrás de esas socorridas “fuentes internas”, ese personaje misterioso que nunca tiene nombre ni apellidos, pero que siempre aparece para contar la versión que a alguien le interesa colocar.
Yo funciono de otra manera.
Si tengo algo que decir, lo digo yo. Y si tengo algo que decir de alguien, pongo mi nombre debajo.
Aunque reconozco que quizá yo parto con cierta desventaja. No tengo en mi entorno a nadie con intereses e influencia en medios de comunicación locales. Tendré que conformarme con algo bastante menos sofisticado: escribir yo misma lo que pienso y poner mi nombre debajo.
Ahora sí, hablemos.
Curiosamente, al presentarme parece haberse extraviado algún dato por el camino. Así que aprovecho para completar el currículum: soy graduada en Derecho por la Universidad de Granada, Máster de Acceso a la Abogacía y Procura y actualmente, abogada.
Lo aclaro porque, leyendo determinadas informaciones, cualquiera podría pensar que llegué al Grupo Parlamentario como quien aparece una mañana por la puerta y se sienta en una mesa que estaba libre.
Pero ya que otros han decidido explicar públicamente quién era yo y qué hacía allí, quizá sea buen momento para contar qué encontré cuando llegué.
Cuando llegué me encontré un Grupo profundamente desestructurado. Y cometí, por lo visto, mi primer error: ponerme a trabajar.
Pregunté. Estudié expedientes. Pedí documentación. Preparé solicitudes de información. Analicé contratos. Busqué antecedentes. Redacté propuestas e interpelaciones. Intenté que detrás de cada intervención política hubiera un expediente estudiado y detrás de cada acusación, un documento que pudiera sostenerla.
En definitiva, hice algo bastante extravagante para determinados usos y costumbres, ejercer el trabajo para el que se me había contratado.
Y ahí empezaron los problemas.
También descubrí una curiosa concepción del trabajo parlamentario. Ser diputado no consiste solamente en firmar artículos de opinión, aparecer en fotografías o ponerse delante de un micrófono. Implica estudiar, fiscalizar, preguntar, proponer y controlar al Gobierno.
Durante estos meses preparé trabajos que posteriormente otros leían públicamente. No tengo ningún problema con ello. Era mi trabajo.
Lo curioso es que ahora quienes se beneficiaron de ese trabajo puedan cuestionar mi profesionalidad mientras olvidan quién elaboraba buena parte de aquello que después defendían como propio.
Trabajar, por ejemplo, fiscalizando lo que hacen las empresas municipales, donde aprendí otra lección.
Curiosamente, quienes no tenían ningún interés en que preguntara y fiscalizara han terminado encontrando un enorme interés en sentarse dentro de sus consejos de administración.
Eso sí, se han preocupado mucho de aclarar que no cobran.
Qué alivio.
Porque, naturalmente, en política lo único que tiene valor es una nómina. La capacidad de votar, influir y participar en las decisiones de una empresa municipal debe de ser completamente irrelevante.
Para fiscalizar desde fuera, desgana. Para tener voz y voto dentro, entusiasmo repentino.
Y sobre el futuro, no voy a hacer acusaciones ni predicciones. Solo espero que, cuando termine la política, ninguna de esas maravillosas casualidades termine convertida también en una maravillosa oportunidad profesional.
Sería una coincidencia extraordinaria. Otra más.
Durante mi etapa en el Grupo se me pidió expresamente que bajara el tono. Que preguntara menos. Que no insistiera tanto. Que determinadas cuestiones había que tratarlas de otra manera.
Y hubo otro hecho, bastante más ilustrativo.
Revisando documentación encontré determinadas facturas relacionadas con una conocida entidad empresarial de la ciudad. Hice exactamente lo que se suponía que debía hacer como asesora de un grupo de la oposición: revisarlas, preguntar y plantear que aquello debía sacarse.
Se me indicó que no era oportuno hacerlo.
Casualmente, porque en esta historia las casualidades empiezan a amontonarse, esa entidad está dirigida por una persona que mantiene una estrecha amistad con el Portavoz.
Los dos hechos son muy sencillos:
Primero, se me pidió que bajara el tono y preguntara menos.
Segundo, cuando encontré aquellas facturas, se me indicó que no era oportuno sacarlas.
Extraordinariamente, no iba, pero tuvieron que pedirme que bajara el ritmo. No preguntaba, pero tuvieron que pedirme que preguntara menos. Y no hacía nada, pero cuando encontré determinadas cosas tuvieron que explicarme que era mejor no sacarlas.
Por cierto, desde que llegué asistí a absolutamente todos los Plenos. A todos. No está mal para alguien que, no aparecía por allí. El vicepresidente del Grupo, en cambio, no puede decir lo mismo. Pero supongo que para echarme de menos a mí primero había que estar.
Pero claro, tiene sus ventajas. Si no hablas, no te equivocas. Si no preguntas, no molestas. Y si no fiscalizas, nadie tiene motivos para preocuparse por ti.
Con Sebastián Guerrero sí tuve relación de trabajo. Y precisamente por eso puedo hablar de mi experiencia.
Sebastián ha insistido estos días en recordar que él es el responsable del personal del Grupo Parlamentario.
Debe de ser una de esas responsabilidades que se ejercen por capítulos.
Porque durante todo el tiempo que estuve allí jamás se puso a mi disposición ni siquiera un ordenador. Cada mañana llevaba el mío de casa para poder trabajar.
Además, en la oficina en la que fui ubicada ni siquiera había una mesa por trabajador. Teníamos que turnarnos para poder sentarnos. Lo trasladamos reiteradamente. Lo pedimos y nunca lo soluciono.
Supongo que existen distintas formas de entender qué significa ser responsable de personal. Una consiste en proporcionar a los trabajadores unos medios dignos y mínimos para desempeñar sus funciones.
Otra, bastante más sencilla, consiste en acordarse de que eres el responsable de personal cuando llega el momento de cesarlos.
Mientras tanto, muchas de las propuestas, interpelaciones, solicitudes de información y análisis que pasaron por el Grupo llevaban detrás horas de mi trabajo.
Algunas prosperaron.
Otras, curiosamente, encontraron frenos.
Una cosa es decir que quieres fiscalizar al Gobierno y otra hacerlo cuando empiezan a aparecer expedientes incómodos.
Quizá ese fue mi segundo error.
En política se habla muchísimo de transparencia hasta que alguien abre de verdad los cajones.
Melchor León y Sebastián Guerrero mantienen hoy un enfrentamiento abierto con la dirección del partido. Y, en medio de esa batalla, alguien decidió que yo pertenecía a un equipo y que, por tanto, había dejado de ser persona de confianza.
Una explicación extraordinariamente cómoda.
Mi cese, sin embargo, no borra las preguntas que hice.
Y tampoco convierte de repente en incompetente a quien hasta el día anterior servía perfectamente para elaborar el trabajo parlamentario que otros firmaban, presentaban y defendían públicamente.
Durante meses puedes trabajar de sol a sombra y poner tus conocimientos jurídicos al servicio de un Grupo Parlamentario. Pero basta con que cambien las trincheras internas para descubrir que tu verdadera cualificación profesional era, al parecer, pertenecer a un bando.
El problema es que yo estaba allí.
Yo me voy con mi trabajo. Y también con todo lo que vi y pregunté.
Porque cuando llegué al Grupo Parlamentario levanté la alfombra.
Mi error fue pensar que, si había mierda debajo, querían que la limpiara.
Ahora entiendo que quizá lo que molestó fue que levantara la alfombra.
Estoy profundamente orgullosa de mis apellidos. Pero estoy todavía más orgullosa de mi formación, de mi trabajo y de las preguntas que hice cuando habría sido mucho más cómodo callarme.
Es triste que, cuando faltan argumentos para desacreditar el trabajo de una persona, haya que rebuscar en su árbol genealógico para intentar explicar sus méritos.
Se equivocan conmigo.
Porque mi familia nunca me enseñó que un apellido sirviera para abrir puertas. Me enseñó que tenía que ser capaz de abrirlas sola. Me enseñó el valor del esfuerzo, de la ética y, sobre todo, de poder volver a casa cada noche sabiendo que no había tenido que agachar la cabeza ante nadie.
Después estudié Derecho y entendí que aquello que me habían enseñado en casa se llama integridad.
Y la justicia no está en los discursos. Está en lo que hacemos cuando nadie nos mira. En preguntar cuando sería más cómodo callar. En decir que no cuando todo alrededor invita a decir que sí. Y en mantenerte en pie cuando descubres que hacer lo correcto puede costarte el puesto.
Soy de Ceuta. Me fui para formarme y volví porque quería aportar a mi ciudad. Y pienso seguir haciéndolo.
Seguiré trabajando. Seguiré preguntando. Seguiré levantando alfombras.
Y seguramente seguiré ganándome enemigos.
No importa.
Porque podrán cesarme. Podrán intentar manchar mi trabajo. Podrán utilizar mi familia para intentar hacerme más pequeña.
Pero jamás conseguirán que me avergüence de mi apellido.
Gracias a mi familia por enseñarme que un apellido no es un lugar donde esconderse, sino una responsabilidad sobre cómo comportarse cuando las cosas se ponen difíciles.
Y gracias por enseñarme algo que hoy tengo más claro que nunca:
Hay puestos que se pierden por preguntar demasiado.
Hay puertas que se cierran por no deber favores.
Y hay enemigos que son simplemente el precio de no haberse vendido.
Si ese es el precio, lo pago.
Porque los puestos pasan. Los cargos pasan. El poder pasa.
Pero al final, cuando todo eso desaparece, a cada uno solo le queda una cosa: poder mirar atrás y saber quién fue cuando tuvo que elegir.
Yo ya he elegido.
Soy Lucía Cerdeira Argüelles.
Y pienso seguir preguntando.


