El discurso del presidente, centrado en las acusaciones y los aspectos más alarmantes de la crisis, plantea interrogantes sobre su responsabilidad en la convivencia.
PLUTARCO
Ceuta atraviesa una crisis migratoria de enorme gravedad. Nadie puede negarlo. Pero sorprende que su presidente, Juan Vivas, mantenga en ruedas de prensa, manifestaciones como la de Madrid y platós de televisión un discurso centrado en responsabilizar al Gobierno central y a Marruecos, insistiendo en los escenarios más alarmantes sin reconocer suficientemente los avances conseguidos.
Reconocer la gravedad de la crisis no exige exagerarla. Se han desmantelado asentamientos, producido retornos y reorganizado recursos de acogida. Ceuta no está igual que al comienzo.
Vivas reclama responsabilidades, pero ¿qué soluciones concretas ofrece desde la Ciudad Autónoma? ¿Qué colaboración propone, especialmente respecto a los menores bajo su responsabilidad?
Y hay algo todavía más preocupante: el riesgo de confrontación entre cristianos y musulmanes y el señalamiento como «traidores» de quienes discrepan.
¿Es consciente Juan Vivas de que sus palabras pueden alimentar el miedo y reforzar las posiciones más radicalizadas?
Los aplausos y vítores de una manifestación no representan necesariamente a toda Ceuta. También existen ciudadanos que discrepan, guardan silencio o temen que la crisis termine dividiendo a sus vecinos.
Juan Vivas no es solamente el presidente de quienes lo aplauden. Es también el presidente de quienes piensan diferente, sean cristianos, musulmanes o de cualquier otra creencia.
Ceuta necesita soluciones, colaboración y serenidad institucional. No más miedo del que una crisis suficientemente grave ya está provocando.



