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¡Identidades manipuladas!

Ramón Rodríguez Casaubón

Desde finales del siglo XX, con Identidades asesinas, pasando por los posteriores El desajuste del mundo y El naufragio de las civilizaciones, ya en el siglo XXI, Amin Maalouf se preocupa por el concepto de la identidad como elemento facetado del ser que no puede percibirse como unicidad y, menos aún, como eliminación del otro.

Desde un punto de vista antropológico, estos ensayos —en especial el primero— obvian la multipolaridad que suele revestir también la realidad del masacrador, en donde no solo la reducción de la identidad a un único vector es responsable de la actuación. De hecho, para aproximarnos con objetividad a este fenómeno debemos responder a varias preguntas: ¿quiénes propician la construcción de las identidades asesinas?, ¿cuáles son estas?, ¿qué relación existe entre ellas y el hundimiento de las civilizaciones, especialmente las occidentales?

Curioso —o tal vez paradigmático— es que el autor trabaje, resida y publique en Francia, donde sigue siendo realmente complejo alcanzar una verdadera interculturalidad y lograr que muchos franceses dejen de ver a una parte de su población como bognoles, término utilizado de forma despectiva para designar a los árabes del norte de África, fruto de un pasado colonial todavía no superado.

Amin —que casi rima con Lamine, de quien luego hablaré con orgullo— no analiza con suficiente profundidad el papel de los Estados nación o de las visiones colonialistas en la creación y propagación de esas identidades criminales. Supongo que, además de transmitir ideas, su intención es vender libros y, para ello, debe rebajar el nivel academicista de sus obras.

Maalouf recibe el Premio Convivencia en un momento en que un Estado nación expansionista y con actitudes colonialistas bombardea cruelmente su país de origen, el Líbano. El mismo Estado nación que acusa a Lamine Yamal de “incitar al odio” por ondear la bandera palestina.

Hannah Arendt o Emmanuel Lévinas tendrían mucho que decir a Maalouf y, entre los tres, también a Benjamin Netanyahu. Pero, en cierto modo, ya se lo ha dicho todo —de forma clara y pública— el joven jugador del FC Barcelona, cuyo nivel ético y moral está muy por encima de la inmensa mayoría de futbolistas de este país y del mundo entero, y también, por supuesto, del pusilánime de su entrenador alemán.

La relevancia de los marcos de referencia vitales de la juventud —en gran parte deportistas de élite— resulta fundamental para cualquier sociedad humana. Según Israel, la bandera palestina representa odio; el genocidio sobre la población gazatí, no. No parece descabellado empezar a valorar la valentía de Lamine y su defensa de los Derechos Humanos con una nominación a la próxima edición del Premio Convivencia caballa. ¿Alguien se atreverá a proponerlo?

La negrura del miedo es la principal baza del agresor; el silencio, su cómplice; la crueldad, su amante; y la manipulación, su voz. De ahí la singular importancia de los gestos de luz como el de Lamine.

Como dijera Soul Etspes: “Quizás no sepas quién lleva razón, pero sí quién la pierde, junto a su humanidad, si la infancia cercena”.

Puedes estar en desacuerdo con lo relatado, poseer argumentos para criticarlo o intuiciones para desmentirlo, pero un niño asesinado es infinitamente más que la pérdida de una vida humana. Y justificar esa felonía es pura ruindad.

Por favor: si no has leído El Principito, léelo; y, si no quieres hacerlo, al menos recuerda esta magistral frase de Antoine de Saint-Exupéry: “Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.

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