Por Karim Prim
Hay decisiones que cuesta entender. Y la posible suspensión o traslado del España-México Sub-20 en Ceuta es una de ellas.
El Ministerio del Interior habría trasladado a la RFEF su preocupación por la celebración del encuentro, alegando razones de seguridad relacionadas con la situación que atraviesa actualmente la ciudad.
La seguridad, evidentemente, no admite discusión. Si existen informes que acreditan un riesgo concreto e imposible de neutralizar, deberán ser conocidos y explicados.
Pero aquí aparece una contradicción difícil de ignorar: ¿por qué Ceuta puede acoger cada quince días fútbol profesional y no puede acoger un partido de la Selección Española?
La AD Ceuta FC lleva disputando sus encuentros en plena crisis migratoria. Miles de personas acuden al estadio. Se despliegan dispositivos policiales, se organizan desplazamientos de aficionados y se celebran partidos con absoluta normalidad.
Entonces, ¿qué ha cambiado?
EL PROBLEMA NO PARECE SER EL FÚTBOL
Quizás deberíamos empezar a hablar claro.
El problema puede no estar en el balón, en el estadio ni en los aficionados.
El problema puede estar en quién aparece al lado de la Selección en la fotografía.
La RFEF, en mi opinión, cometió un error al vincular de una manera tan estrecha este acontecimiento con el Gobierno de Ceuta.
Porque hoy el Gobierno de Ceuta y el Gobierno de España mantienen un enfrentamiento político e institucional evidente a cuenta de la crisis migratoria.
Lo que debería ser cooperación entre administraciones se ha convertido en una batalla política.
Y en medio de esa batalla aparece la Selección Española.
Mal negocio.
La Selección debería venir a Ceuta para jugar al fútbol, no para convertirse involuntariamente en el escenario de una disputa entre gobiernos.
CEUTA NO NECESITA MÁS GUERRAS
Ceuta ya tiene suficientes problemas.
Tiene una crisis migratoria sin precedentes, una enorme presión sobre sus servicios públicos y una ciudadanía que lleva semanas viviendo una situación extraordinaria.
Lo último que necesita es que un acontecimiento deportivo termine convertido en otra batalla institucional.
Y aquí también hay que decir algo incómodo: las instituciones de Ceuta deberían haber entendido que este partido no necesitaba protagonismos políticos.
Ni discursos.
Ni fotografías.
Ni apropiaciones institucionales.
Ni convertir la llegada de la Selección en un escaparate político.
El partido era de la RFEF y de la Selección Española.
El Gobierno de Ceuta debía limitarse a facilitar, colaborar y garantizar todo aquello que estuviera dentro de sus competencias.
Nada más.
LA SELECCIÓN NO ES DE NINGÚN GOBIERNO
La Selección Española pertenece a todos.
A los que viven en Ceuta y a los que viven en Madrid.
A los aficionados de cualquier club.
Por eso resulta especialmente triste que un partido que podía convertirse en una fiesta del fútbol español termine atrapado en una guerra política.
Si existen problemas reales de seguridad, que se expliquen.
Si existen alternativas para garantizarla, que se estudien.
Y si hay que reforzar los dispositivos, que se refuercen.
Pero no hagamos pagar al fútbol los platos rotos de la política.
Porque si finalmente España-México no se juega en Ceuta, la gran perjudicada no será ninguna administración.
Será Ceuta.
Serán sus aficionados.
Serán sus niños.
Serán los jóvenes futbolistas que soñaban con ver a la Selección.
Y será una ciudad que, una vez más, habrá perdido una oportunidad de demostrar que puede organizar grandes acontecimientos.
El fútbol debería unir lo que la política está empeñada en separar.
Y esta vez, lamentablemente, parece que estamos a punto de conseguir exactamente lo contrario.



