EDITORIAL
Este año, la festividad de la Virgen de África llega marcada por unas circunstancias excepcionales. La grave crisis migratoria vivida en Ceuta, con miles de personas llegando a la ciudad y una enorme presión sobre los servicios públicos, ha llevado a la suspensión de las fiestas patronales. Es un momento de dificultad, preocupación y solidaridad, no de enfrentamientos entre ceutíes por sus creencias o por su decisión de acudir o no a un acto religioso.
En este contexto, la decisión del delegado del Gobierno en Ceuta, Miguel Ángel Pérez Triano, de no asistir a la tradicional ofrenda a la Virgen de África para continuar al frente de la gestión de la crisis migratoria ha generado una intensa polémica. Mientras algunos han interpretado su ausencia como una falta de respeto hacia la patrona, otros consideran que, en un momento de máxima emergencia, su prioridad debía ser coordinar la respuesta institucional y permanecer al frente del dispositivo desplegado en la ciudad.
Lo preocupante es que ese debate haya derivado, una vez más, en ataques personales y en intentos de cuestionar el compromiso con Ceuta de quien toma una decisión basada en sus responsabilidades institucionales. En una democracia, las actuaciones de los cargos públicos pueden y deben ser objeto de crítica, pero no convertir una decisión de agenda institucional en una prueba de fe o de identidad ceutí.
Conviene recordar una evidencia que algunos parecen olvidar: Ceuta no es una ciudad confesional. Es una ciudad plural en la que conviven ciudadanos de distintas religiones, personas agnósticas y ateas, todos con los mismos derechos y obligaciones. Nadie está obligado a participar en una celebración religiosa para demostrar su compromiso con esta tierra.
Confundir la identidad ceutí con la adhesión a una determinada tradición religiosa supone excluir a miles de vecinos que sienten Ceuta exactamente igual, aunque vivan su espiritualidad de otra manera o no profesen ninguna fe.
Además, resulta llamativo que quienes exigen un respeto absoluto hacia determinados símbolos religiosos ignoren que algunos de ellos siguen vinculados a una etapa oscura de la historia de España. La imagen de la Virgen de África conserva un mantón con el águila de San Juan, una simbología asociada al franquismo. Para unos es un elemento patrimonial que debe conservarse; para otros representa un símbolo que merece ser contextualizado o revisado. Ese debate es legítimo y no debería censurarse.
También existen personas que, desde sus convicciones religiosas, atribuyen a la Virgen una intervención milagrosa en distintos episodios de la historia de España. Son creencias personales que forman parte del ámbito de la fe, pero no constituyen hechos históricos y no pueden utilizarse para definir la identidad de toda una ciudad.
Precisamente en un año tan duro para Ceuta, en el que las fiestas patronales han sido canceladas por una crisis sin precedentes y en el que la ciudad necesita unidad y responsabilidad, resulta un error intentar dividir a la sociedad entre “buenos” y “malos” ceutíes en función de su asistencia a un acto religioso.
La grandeza de Ceuta nunca ha residido en la uniformidad, sino en su capacidad para convivir entre culturas, religiones y formas distintas de entender la vida. Esa diversidad es su mayor patrimonio.
Ser ceutí no depende de acudir a una procesión, besar una imagen o participar en una ceremonia religiosa. Ser ceutí es respetar al vecino, defender la convivencia y comprender que la libertad también incluye el derecho a no participar en actos de carácter confesional.
Ceuta pertenece a todos sus ciudadanos. En un momento tan delicado como el actual, la ciudad necesita más respeto, más convivencia y menos intentos de imponer una única forma de entender lo que significa ser ceutí.



