Ramón Rodríguez Casaubón
La mayoría de los españoles recordarán este 12 de agosto por el eclipse, pero los ceutíes lo haremos porque llevamos dos semanas en las que demasiadas cosas se han roto. La más relevante es el alma caballa.
Que la hayan dañado no significa que esté acabada. Muy al contrario: el ceutí es resiliente. Le han obligado a serlo. Los barrios están dando lo mejor de ellos, como cada vez que ocurre una crisis humanitaria, mientras el Gobierno hace dejación de sus funciones. Y aquí incluyo al local, con Vivas a la cabeza, y al nacional, con Sánchez al frente. No se preocupe, que tampoco me olvido de usted, señor delegado del Gobierno.
El eclipse ha dejado una sombra oscura en forma de pregunta clara: ¿sigue siendo Ceuta española?
¡No se me solivianten ni me vengan con razones históricas o de derecho internacional! No lo hagan porque estoy totalmente de acuerdo con ustedes. No pretendo cuestionar la innegable españolidad de este territorio. Me estoy refiriendo a algo más profundo: a su esencia.
¿Sentimos en estos momentos que, en cualquier instante, Marruecos nos puede anexionar y que el Gobierno hará como el emérito en 1975 con el Sáhara?
Lo relevante no es contestar a la pregunta, sino el simple hecho de que exista.
¿Un conquense teme que su ciudad pueda pasar a ser marroquí? Ese mismo conquense, o su vecina, ¿sienten inquietud ante la posibilidad de que 70.000 marroquíes tomen su ciudad en treinta y seis horas? ¿Pedro Sánchez, en La Mareta, teme que algún marroquí entre ilegalmente a visitarle?
Creo que se percibe el mensaje que intento transmitir.
Cuando se vive en continua tensión porque tu modo de vida está en peligro, no se vive: se sobrevive. Y cuando se sobrevive, siempre planea sobre uno la espada de Damocles del momento en que se dejará de hacerlo. Y, dadas estas condiciones, ese momento siempre parece estar a la vuelta de la esquina.
En 2021 hubo una situación similar que colapsó Ceuta durante meses. Ahora, siendo diferente, se multiplica al menos por dos la gravedad y los números. ¿Y la próxima?
Esta es una ciudad continuamente presionada por un país expansionista que ha construido un muro en el Sáhara Occidental: un conjunto de ocho muros defensivos de una longitud superior a los 2.720 kilómetros, rodeados de minas.
Recuerdo cuando a los europeos nos escandalizaba un muro de 45 kilómetros que dividía la ciudad de Berlín en dos, mientras otros 115 kilómetros rodeaban su parte occidental, aislándola de la República Democrática Alemana.
Esta es una ciudad en la que aún no se han aportado soluciones, encontrándonos ante una situación de gravedad extrema en la que se ha producido la «violación de la integridad territorial» de España.
Y sí, es una frase de Sánchez que tal vez confundió con el título de una de las canciones de Quevedo de su playlist. Porque no ha actuado en consecuencia con lo explicitado.
Hacer un análisis geoestratégico de lo sucedido te hace quedar como una eminencia, y he escuchado cientos. Si me permiten, primero se vienen a Ceuta y viven un tiempo aquí; luego les escucharé con mayor atención.
Noviembre de 1975. El aspirante a rey, bribón —perdón, Borbón— entrega el Sáhara a Marruecos porque Estados Unidos así se lo impuso si él quería reinar. Y a su manera. Ya saben, esa campechana de mujeres y dinero por doquier. Y no, tampoco es una canción de la playlist de Sánchez.
Poco más de un año después de la firma por parte de Marruecos de los Acuerdos de Abraham, y del uso indiscriminado del programa espía Pegasus, Sánchez hace otra borbonada a los saharauis.
Creo que estas dos situaciones, separadas en el tiempo pero unidas en la ignominia, definen la situación geopolítica, geoestratégica, o como ustedes quieran llamarla, de nuestras relaciones con el país vecino.
Estados Unidos, Marruecos y ahora Israel. Frente a eso, una población de 80.000 almas rotas, con cuatro credos y una única ilusión: vivir en paz.
España se juega lo que es en Ceuta.
Según Soul Etspes: «Ayuda a tu vecino, tiéndele la mano cuando caiga, pero no cuando te haga caer».
Dicho esto, ¿Europa por dónde cae?


